miércoles, 31 de octubre de 2012

Participación activa de los fieles en la misa.


Una de las razones por las cuales los cambios litúrgicos entraron en vigor a partir del Concilio Vaticano II, era el fomentar la auténtica participación de los fieles; es por eso que ahora se permiten lenguas vernáculas y no solamente el latín para que la gente comprenda, escuche y pueda participar. Excelente.

Lamentablemente se le ha dado otro sentido a la participación activa. Por eso vemos  que en muchas parroquias, tal pareciera que el sacerdote y los mismos fieles quisieran que todo el mundo tuviera algo que ver en el altar, o aplaudiendo, bailando y hasta brincando y dando vueltas sobre si mismo, para poder considerarse que tienen una auténtica participación.

Vemos a personas que no leen bien, pero leen las lecturas desde el ambón; vemos un número desmedido de ministros extraordinarios de la Santa Comunión, que no están preparados para hacerlo, que no tienen autorización oficial para ejercer este ministerio extraordinario y que además no sirven de modo extraordinaria, sino que uno los ve en todas las misas, sustituyendo al sacerdote en la administración de la Eucaristía, convirtiéndose esto en una práctica ordinaria y en consecuencia en un abuso litúrgico.

Sigue siendo totalmente valida la recomendación de la constitución conciliar Sacrosantum Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia Eucarística como espectadores mudos o extraños, sino a participar consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada.

El Concilio nos dice:

“los fieles, instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del  cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada; no solo por manos del sacerdote sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día por Cristo Mediador en la unidad con Dios y entre sí”

Realmente la auténtica participación que el Concilio buscaba es una participación consciente de la gente. Por ejemplo:

  • Cuando voy a misa pongo atención y escucho las lecturas estoy participando al escuchar la Palabra de Dios.
  • Al responder en el Salmo entro en un diálogo con el Señor, estoy participando activa y fructuosamente.
  • Al entonar los cantos desde mi banca, estoy participando uniéndome a la voz de la Iglesia que le canta a su Creador.
  • Cuando se hacen las ofrendas, al unir mi intención, al unir incluso mi limosna estoy participando en la ofrenda de esa comunidad que se le ofrece a Dios; que finalmente el sacerdote ofrecer como sacrificio en el altar.
  • Cuando nos ponemos de pie y proclamamos nuestra fe, estoy participando uniéndome al cuerpo místico de Cristo que dice: Creo en Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo y en la Iglesia.
  • En el momento de la Comunión definitivamente estoy participando, haciéndome uno con Cristo.


De esta manera al tener una participación consiente de la Santa Misa, se tiene una participación activa, ya no solamente se asiste como espectador; sino que se asiste como una persona que participa porque sabe lo que hace, porque entiende lo que está haciendo, no se necesita forzosamente estar subido en el presbiterio, sirviendo al sacerdote, leyendo o recogiendo la limosna. Qué bueno que esto se pueda hacer, pero eso no es lo esencial para poder participar en la Santa Misa.

Participar con conciencia significa participar activamente, y esta participación consciente es ¡La Auténtica participación! que buscaba el Concilio Vaticano II y que nos recuerda el Papa Benedicto XVI, en su exhortación apostólica Sacramentum Cartitatis, la cual podemos leer a continuación:

Auténtica participación

52. El Concilio Vaticano II puso un énfasis particular en la participación activa, plena y fructuosa de todo el Pueblo de Dios en la celebración eucarística. Ciertamente, la renovación llevada a cabo en estos años ha favorecido notables progresos en la dirección deseada por los Padres conciliares. Pero no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación.

Por tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana. Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística « como espectadores mudos o extraños », sino a participar « consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada ».

El Concilio prosigue la reflexión: los fieles, « instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí ».

Tomado y redactado de: http://www.diocesisdetlaxcala.mx/index.php/all-category/87-espiritualidad/441-la-autentica-participacion-activa-en-misa

martes, 30 de octubre de 2012

Liturgia – Participación activa



Benedicto XVI, Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de Canadá -Québec, en
visita “ad limina apostolorum”, 11 de mayo de 2006

Sin embargo, la disminución del número de sacerdotes, que hace a veces imposible la  celebración de la misa dominical en ciertos lugares, pone en peligro de manera preocupante el lugar  de la sacramentalidad en la vida de la Iglesia. Las necesidades de la organización pastoral no deben  poner en peligro la autenticidad de la eclesiología que se expresa en ella. No se debe restar  importancia al papel central del sacerdote, que in persona Christi capitis enseña, santifica y  gobierna a la comunidad. El sacerdocio ministerial es indispensable para la existencia de una  comunidad eclesial. La importancia del papel de los laicos, a quienes agradezco su generosidad al  servicio de las comunidades cristianas, no debe ocultar nunca el ministerio absolutamente irreemplazable de los sacerdotes para la vida de la Iglesia. 


Por tanto, el ministerio del sacerdote no puede encomendarse a otras personas sin perjudicar de hecho la autenticidad del ser mismo de la  Iglesia. Además, ¿cómo podrían los jóvenes sentir el deseo de llegar a ser sacerdotes si el papel del ministerio ordenado no está claramente definido y reconocido? 



Shhh... estamos en misa


Espera hasta que oigas en tu idioma, algo muy importante


El aplauso no es una acción religiosa


En el consultorio de temas sobre fe en EWTN



Los bailes en la liturgia



Card. Arinze, anterior prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
en tiempos de Juan Pablo II

Ni aplausos, ni banderas, ni carteles en Misa... Benedicto XVI


En la celebración Eucarística de despedida de la visita pastoral del Papa,
Aquilea y Venecia 7-8 de mayo de 2011


Año de la fe



Revista El Mensajero Nº 862
Organo informativo del "Apostolado de la Oración"

"Quiero anunciar en esta Celebración Eucarística que he decidido convocar un «Año de la Fe» que ilustraré con una carta apostólica especial. Este Año de la Fe comenzará el 11 de octubre de 2012, en el 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Cristo Rey del Universo. Será un momento de gracia y de compromiso por una conversión a Dios cada vez más plena, para reforzar nuestra fe en Él y para anunciarlo con alegría al hombre de nuestro tiempo (Homilía de Benedicto XVI en la santa Misa para la nueva evangelización, 16 octubre 2011).


Con estas palabras el Santo Padre ha convocado este "Año de la Fe", una excelente oportunidad para profundizar no sólo en los contenidos doctrinales del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica, sino para hacer brillar la luz de la fe con nuestras palabras y obras. La carta que el Papa ha escrito para este año lleva como título: "Porta fidei", la puerta de la fe. En ella nos invita a cruzar esa puerta: "Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor" (Porta Fidei 1).

Celebrar un año de la fe en una sociedad cada vez más descreída, donde el relativismo moral y doctrinal se acentúa cada vez más, donde muchos cristianos han abandonado su práctica religiosa, donde los antivalores se han constituido en los nuevos pilares de la civilización occidental. En este contexto la Iglesia propone un año de la fe, esa fe en la Santísima Trinidad que ha de impregnar en lo más profundo de nuestras conciencias, llevándonos a un testimonio que contagie a otros, que al vernos digan: vale la pena creer. No se puede vivir sin creer, al menos en algo o en alguien. La fe natural da lugar a la confianza mutua. La fe sobrenatural en Dios es un don y una tarea. Don o regalo que no merecemos, tarea urgente en la mutua solidaridad, comprensión y perdón.

Jesús nos dice: "He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!" (Lc 12, 49). Ese fuego es el don de la fe, es un "fuego que enciende otros fuegos", es el fuego que ilumina y consume nuestras vidas en el amor divino y humano, como el de Jesús.

Nuestros obispos nos invitan a vivir este Año de la Fe en el contexto de la Misión Continental, destacando tres actitudes fundamentales que nacen del mismo Corazón del Señor: alegría, entusiasmo y cercanía. No podemos encerrarnos en la tristeza que todo lo invade, tenemos que ser cristianos alegres en medio de las dificultades y sufrimientos cotidianos. El anuncio de la Buena Noticia entusiasma en la medida en que nosotros estamos entusiasmados. La cercanía es necesaria para hacernos prójimos, especialmente con los más necesitados de cariño y comprensión.

Como nos dice el Santo Padre: "Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza. Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año" (Benedicto XVI, Porta Fidei, 9).

De esta forma nos vamos a preparar para este año de gracia, confiando en nuestra Madre del Cielo, la Virgen María, la primera creyente de la Iglesia. Esperamos que este número de la Revista y los próximos en el marco de esta celebración nos ayuden a este propósito.

Ernesto Giobando sj

Lumen Gentium 25



La barca de Pedro
Creo en la Iglesia que es una, santa,católica y apostólica...

25. Entre los principales oficios de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea los que están dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas (cf. Mt 13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores que la amenazan (cf. 2 Tm 4,1-4). 

Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice (Es decir cuando enseñan, custodian y aplican la enseñanza del magisterio de la Iglesia. N.FM), deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo.

Aunque cada uno de los Prelados no goce por si de la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñando auténticamente en materia de fe y costumbres, convienen en que una doctrina ha de ser tenida como definitiva, en ese caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo. Pero todo esto se realiza con mayor claridad cuando, reunidos en concilio ecuménico, son para la Iglesia universal los maestros y jueces de la fe y costumbres, a cuyas definiciones hay que adherirse con la sumisión de la fe.

Libro de la Vida de Sta. Tersa de Avila.


Capítulo 25 numero12.

Tengo por muy cierto que el demonio no engañará ni lo permitirá Dios a alma que de ninguna cosa se fía de sí y está fortalecida en la fe, que entienda ella de sí que por un punto de ella (la iglesia) morirá mil muertes. Y con este amor a la fe, que infunde luego Dios, que es una fe viva, fuerte, siempre procura ir conforme a lo que tiene la Iglesia, preguntando a unos y a otros, como quien tiene ya hecho asiento fuerte en estas verdades, que no la moverían cuantas revelaciones pueda imaginar, aunque viese abiertos los cielos, un punto de lo que tiene la Iglesia

La autoridad pastoral debilitada


Un Prelado en la Iglesia puede inhibir el ejercicio de su autoridad pastoral por falta de fe en su propia autoridad apostólica o, lo que viene a ser lo mismo, por asimilación de los errores mundanos, que en nuestro tiempo, vienen a ser los errores protestantes y liberales.

Los Pastores que, de hecho, hoy no tienen autoridad para frenar herejías e impedir sacrilegios son aquellos que han asimilado el pensamiento mundano sobre la autoridad. Basta leer la grandes encíclicas de la Iglesia sobre la autoridad –por ejemplo, de León XIII, Diuturnum illud (1881), Immortale Dei (1885), Libertas (1888)–, y otros documentos que impugnaron la devaluación de la autoridad iniciada en la Reforma protestante y consumada en el liberalismo, para advertir que los errores descritos en esos documentos son justamente los que hoy están obrando, y que las grandes calamidades anunciadas en aquellos textos, a causa de la inhibición de las autoridades, son las que hoy padecemos.

Por eso, actualmente, en la Iglesia, una de las mayores urgencias es reafirmar la fe en la autoridad, y concretamente en la autoridad pastoral.

La autoridad de Dios es la fuerza providencial amorosa e inteligente que todo lo acrecienta con su dirección e impulso. La misma palabra auctoritas deriva de auctor, creador, promotor, y de augere, acrecentar, suscitar un progreso. Dios, evidentemente, es el Autor por excelencia, la Autoridad suprema, porque es el creador y dinamizador perenne del universo. Y sabemos que Dios ha constituido a Cristo como Señor del universo, y le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.

De Cristo, pues, proceden ahora todas las autoridades creadas: padres, maestros, gobernantes civiles y, por supuesto,  pastores de la Iglesia, que, «enviados» por Él, han sido constituidos por el Espíritu Santo «para pastorear la Iglesia de Dios» (Hch 20,28).

Por tanto, en la Iglesia, la autoridad pastoral es una fuerza espiritual necesaria, acrecentadora, estimulante, unificadora, fuente de inmensos bienes, y su inhibición es la causa de los peores males. «Herido el pastor» –o al menos paralizado y sujeto–, «se dispersan las ovejas del rebaño» (Zac 13,7; Mt 26,31).

San Juan de Ávila, en 1561: «ordenanza es de Dios que el pueblo esté colgado, en lo que toca a su daño o provecho, de la diligencia y cuidado del estado eclesiástico... Qualis rector civitatis, tales habitantes in ea» (Memorial al Conc. de Trento II,8).

Por otra parte, si queremos conocer «cómo» debe ser hoy el ejercicio de la autoridad pastoral en la Iglesia debemos tener en cuenta los modos vigentes de la autoridad en el mundo secular, pero el modelo decisivo hemos de buscarlo no en el mundo, sino en la Biblia y en la Tradición católica. Hemos de mirar cómo ejercen la autoridad pastoral Cristo, Pablo, el Crisóstomo, Borromeo, Mogrovejo, Ezequiel Moreno y tantos otros pastores santos, que Dios nos propone como ejemplos que debemos seguir.

Y también, por otra parte, para discernir esos modos convenientes para el buen ejercicio de la autoridad pastoral, han de ser conocidas y obedecidas las leyes de la Iglesia sobre los Pastores. Desde luego, fueron leyes establecidas para ser cumplidas.

La voz de la Escritura y de la Tradición dice al Obispo: «predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, corrige, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina, pues vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina, sino que, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conformes a sus pasiones, y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas. Pero tú mantente vigilante en todo, soporta los padecimientos, haz obra de evangelizador, cumple tu ministerio» (2Tim 4,1-5).

Podrán y deberán cambiar los modos de la autoridad apostólica según tiempos y culturas, pero el ejercicio del gobierno pastoral, un ejercicio solícito y abnegado, fuerte, paciente y eficaz, ha de configurarse ante todo según la Escritura y la tradición unánime de la Iglesia, no según el estilo del mundo, sea éste autoritario y prepotente, o sea liberal y permisivo.

El catolicismo mundano –liberal, socialista  democristiano, liberacionista, etc.– considera como un axioma que la Iglesia tanto más se renueva cuanto más se mundaniza; y tanto más atrayente resulta al mundo, cuanto más se seculariza, es decir, cuanto más lastre suelta de la tradición católica. Ese falso principio, concretamente si lo aplicamos a los modos de la autoridad pastoral, se viene abajo en cuanto es examinado con atención.

El cristianismo mundanizado estima hoy, en Occidente, que los Obispos deben asemejar sus modos de gobierno pastoral lo más posible a los usos democráticos vigentes. El cristianismo tradicional, por el contrario, estima que los Obispos, en todo, también en los modos de ejercitar su autoridad sagrada, deben imitar fielmente y sin miedo a Jesucristo, el Buen Pastor, a los apóstoles y a los pastores santos, cano­nizados y puestos por la Iglesia como ejemplos permanentes.

Del mismo modo, aquellos Obispos (o sacerdotes) que, en tiempos de autoritarismo civil extremo, se ase­mejan a los prín­cipes absolutos, se alejan tanto del ideal evangélico como aquellos otros Obispos (o sacerdotes) que, en tiem­pos de demo­cratismo igualitario, se asemejan a los políticos permisivos y oportunistas. Sencillamente, unos y otros Pastores, al mundani­zarse, falsifican lamentablemente la originalidad maravillosa de la auto­ridad pasto­ral, que ha de ser entendida a la luz de Cristo, el Buen Pastor, y que es a un tiempo fuerte y suave. En un caso y en otro, el principio mundano, configurando una realidad cristiana, la desvirtúa y falsifica.

La tentación principal de los Pastores sagrados de hoy no es precisamente el autoritarismo excesivo, sino el laisser faire de tantos políticos actuales, que más que el bien común del pueblo, buscan su triunfo personal, ser populares. Pero la norma del Apóstol es la contraria: «si todavía tratara yo de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gál 1,10).


"Infidelidades de la Iglesia"  P. José María Iraburu
4 punto. "Inhibición"
http://www.gratisdate.org/fr-textos.htm

Sobre los cantos en el ordinario de la Misa

El “Kyrie”, el “Gloria”, el “Credo”, el “Sanctus” y el “Agnus Dei” conforman lo que se llama el “Ordinario de la Misa” (las partes invariables que se cantan en la Misa), en contraposición a los cantos de ingreso, ofertorio y comunión, cuyas antífonas varían según las diferentes celebraciones del calendario litúrgico.

San Pío X, en el Motu Proprio Tra le sollecitudini en el punto 9 nos recuerda:

 « El texto litúrgico ha de cantarse como está en los libros, sin alteraciones o posposiciones de palabras, sin repeticiones indebidas, sin separar sílabas, y siempre con tal claridad que puedan entenderlo los fieles. Estando determinados para cada función litúrgica los textos que han de ponerse en música y el orden en que se deben cantar, no es lícito alterar este orden, ni cambiar los textos prescriptos por otros de elección privada, ni omitirlos enteramente o en parte…»

Los textos de dichos cantos han sido cuidadosamente establecidos por la tradición de la Iglesia, y todos ellos tienen asiento en la Sagrada Escritura, es decir, en la misma Revelación. Los mismos nos vienen “literalmente” del Cielo, así el Gloria comienza con la alabanza de los ángeles (Lc 2, 14); lo mismo que el Sanctus, que es la aclamación de los serafines ante la presencia de la majestad divina (Is 6, 1-3), y que nosotros retomamos en la liturgia para unirnos a la celeste alabanza, por eso se pasa de la tercera persona:

 “Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios del universo”

a la segunda:

“llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”. 

Luego, como un eco, tomamos la alabanza de los niños en el “Benedictus” (cf. Mt 21, 10), niños cuyos ángeles ven el rostro de Dios.

Para el caso del “Gloria”, se dice expresamente en la misma Ordenación General del Misal Romano (n. 53): 

“El texto de este himno no puede cambiarse por otro”.

El “Sanctus”, si bien no lo dice expresamente la OGMR, sin embargo, es parte integrante de la Plegaria Eucarística, que constituye la cumbre, el alma, el corazón de toda la celebración eucarística, y ésta no puede cambiarse bajo ningún concepto (Cf. RS, 51).

El “Cordero” (como el Kyrie) es una letanía, cantada alternadamente por el coro (“Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”) y el pueblo (“Ten piedad de nosotros”, o “Danos la paz”, la última vez”) (OGMR, n. 83), y es el cántico nuevo que entonan los elegidos en la Jerusalén Celestial (cf. Ap 5, 8-13).

viernes, 26 de octubre de 2012

Adhesión a la fe de la Iglesia y a su disciplina: Porta Fidei

La fe se manifiesta concretamente aceptando fielmente
los contenidos de la fe como los propone la Iglesia, por medio
de su magisterio y su disciplina.

Compartimos los puntos 9 y 10 de la "Porta Fidei":

9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en unsermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.

A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.

Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.

La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma elCatecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”».

Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor.

Disciplina de la Iglesia para la Hora Santa


Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

Normas del ritual del culto a la Eucaristía fuera de la Misa
(Textos)


Éstos son los principios, tanto teológicos y espirituales como litúrgicos, que orientan cómo organizar la adoración comunitaria en la exposición prolongada.


    -En los signos externos debe expresar su relación con la Misa (Eucharisticum Mysterium, n. 60): número de velas, exorno floral, el altar como lugar habitual de la exposición, etc., por tanto las velas y cirios no tienen que entorpecer ni el paso ni la visión de la custodia...

      -Acomodada a la índole litúrgica de cada tiempo (cf. SC 119), por ejemplo en el canto inicial que el Ritual no determina que sea explícitamente eucarístico sino sugiere más como canto de entrada: “congregado el pueblo, que puede entonar algún canto, si se juzga oportuno, el ministro se acerca al altar” (RCCE, n. 93), en las lecturas que se escojan, etc.

    -El silencio es un elemento fundamental (cf. Eucharisticum Mysterium, n. 62) para orar, interiorizar y adorar personalmente en común, superando el verbalismo pseudo-catequético con el que se reviste la liturgia habitualmente. Tan importante es este silencio que se le llama “silencio sagrado” (ibíd.). No se concibe exponer el Santísimo, rezar preces, oraciones y demás, e inmediatamente dar la Bendición sin haber dejado un amplio espacio de silencio para orar personalmente ante Cristo Eucaristía.

    -La adoración eucarística está centrada sólo en Jesucristo y no como tiempo para practicar ejercicios piadosos en honor de la Virgen María o de los santos. La normativa litúrgica es clara: “Durante la exposición todo debe organizarse de manera que los fieles, atentos a la oración, se dediquen a Cristo, el Señor” (Eucharisticum Mysterium, n. 62). El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia dice:

“En estos momentos de adoración se debe ayudar a los fieles para que empleen la Sagrada Escritura como incomparable libro de oración, para que empleen cantos y oraciones adecuadas, para que se familiaricen con algunos modelos sencillos de la Liturgia de las Horas, para que sigan el ritmo del año litúrgico, para que permanezcan en oración silenciosa. De este modo comprenderán progresivamente que durante la adoración del santísimo Sacramento no se deben realizar otras prácticas devocionales en honor de la Virgen María y de los santos” (n. 165).

Por ello, exponer el Santísimo y realizar ejercicios de piedad en honor de la Santísima Virgen o de un Santo es una contradicción en ese momento, porque toda la atención debe centrarse en Cristo; estos laudables ejercicios de devoción deberían situarse después de la Bendición y reserva.

    -Finalmente, cuando se convoca una Hora, ésta goza de especial flexibilidad al organizarse, pudiendo incluir distintos elementos:

“Para alimentar la oración íntima pueden admitirse lecturas de la Sagrada Escritura con homilía o breves exhortaciones que lleven a una mayor estima del misterio eucarístico. Conviene también que los fieles respondan cantando a la palabra de Dios. En momentos oportunos debe guardarse un silencio sagrado. Al fin de la exposición se dará la bendición con el Santísimo Sacramento. Si se utiliza una lengua vulgar, en vez del himno Tantum ergo, cantado antes de la bendición, se puede emplear otro canto eucarístico a juicio de la competente autoridad territorial” (Eucharisticum Mysterium, n. 62; cf. RCCE, nn. 95. 97).


¿Encontró Ud. referencia a danza o bailes en algún lugar del texto?

Existe una razón: 


"...la danza está vinculada con el amor, la diversión, la profanidad, el desenfreno de los sentidos; tal danza, en general, no es pura. Por esa razón no puede introducirse en las celebraciones litúrgicas de ningún tipo: eso sería introducir en la liturgia uno de los elementos más desacralizados y desacralizantes, y así sería equivalente a crear un ambiente de profanidad que recordaría con facilidad a los presentes y participantes los lugares y situaciones mundanos de la celebración." 

(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos: La Danza Religiosa, una Expresión de Alegría Espiritual)

Ademas... miramos a las niñas y no a Cristo expuesto que debe ser el único objeto de nuestra atención. Porque para eso se visten de modo especial y bailan según una coreografía mas o menos ensayada: para ser miradas.

Releamos las rúbricas –las normas del ritual escritas en rojo- que describen paso a paso cómo se desarrolla esta acción litúrgica. Aquí podrá constatar con presición el asunto de la danza.

“Congregado el pueblo, que puede entonar algún canto, si se juzga oportuno, el ministro se acerca al altar. Si el Sacramento no se conserva en el altar en que se va a tener la exposición, el ministro, cubierto con el paño de hombros, lo traslada desde el lugar de la reserva, acompañándole algún ayudante o algunos fieles con cirios encendidos... Expuesto el santísimo Sacramento, si se emplea la custodia, el ministro inciensa el Sacramento” (RCCE 93).

    “Al acabar la adoración el sacerdote o diácono se acerca al altar, hace genuflexión sencilla, y se arrodilla a continuación, y se canta un himno u otro canto eucarístico. Mientras tanto el ministro arrodillado inciensa al santísimo Sacramento, cuando la exposición tenga lugar con la custodia” (RCCE 97).

El sacerdote “luego se levanta y dice”:
Oremos.

“Se hace una breve pausa en silencio y el ministro prosigue” (RCCE 98; en apéndice hay 7 oraciones para escoger dando así variedad):

Oh Dios, que nos diste el verdadero pan del cielo,
concédenos, te rogamos, que con el poder del alimento espiritual,
siempre vivamos en Ti y resucitemos gloriosos en el último día.
Por Jesucristo nuestro Señor.

“Dicha la oración, el sacerdote o diácono, tomando el paño de hombros, hace genuflexión, toma la custodia o copón y hace con él en silencio la señal de la cruz sobre el pueblo” (RCCE 99).

“Acaba la bendición, el mismo sacerdote o diácono que dio la bendición, u otro sacerdote o diácono, reserva el Sacramento en el sagrario y hace genuflexión, mientras el pueblo, si se juzga oportuno, hace alguna aclamación y finalmente el ministro se retira” (RCCE 100).         

    Todas las Asociaciones cristianas, movimientos y grupos, Hermandades y cofradías, parroquias y monasterios tienen un termómetro eficaz para comprobar su vida interior y el fuego de su amor a Cristo: si adoran al Señor en la custodia –con los valores espirituales que al principio enumerábamos- y si lo hacen bien, tal cual lo prescribe la liturgia de la Iglesia.

No encontré la rúbrica donde diga: y ahora entran las danzarinas...

jueves, 25 de octubre de 2012

Numeral 52 de "Ecclesia de Eucharistía" de Juan Pablo II


"52. De todo lo dicho se comprende la gran responsabilidad que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia. Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al «formalismo» ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las «formas» adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.

Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El apóstol Pablo tuvo que dirigir duras palabras a la comunidad de Corinto a causa de faltas graves en su celebración eucarística, que llevaron a divisiones (skísmata) y a la formación de facciones (airéseis) (cf. 1 Co 11, 17-34). También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecua a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia. Precisamente para reforzar este sentido profundo de las normas litúrgicas, he solicitado a los Dicasterios competentes de la Curia Romana que preparen un documento(1) más específico, incluso con rasgos de carácter jurídico, sobre este tema de gran importancia. A nadie le está permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal".


(1)El documento producto de esta orden se llama "REDEMPTIONIS SACRAMENTUM"

martes, 23 de octubre de 2012

El Papa recuerda el Concilio: “los Padres conciliares no podían y no querían crear una fe o una Iglesia nueva”



En vísperas del comienzo del Año de la Fe, y del 50º aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, el Papa Benedicto XVI ofreció a la Iglesia algunos elementos fundamentales para comprender el verdadero espíritu del concilio, en la línea de la “hermenéutica de la continuidad” promovida por él desde el comienzo de su pontificado.

En la audiencia general de esa mañana, en una magnífica catequesis, el Papa ha decidido “empezar a reflexionar sobre el gran evento de Iglesia que ha sido el Concilio, evento del que he sido testigo directo” y realizó una primera e interesante presentación del tema, subrayando la necesidad de “volver a los documentos del Vaticano II, liberándolos de una masa de publicaciones que, con frecuencia, en lugar de hacerlos conocer, los han escondido”.

Además, en la edición especial que L’Osservatore Romano ha publicado con ocasión de este importante aniversario, se incluye un texto del Santo Padre sobre el Concilio Vaticano II, con el cual presenta un volumen que será próximamente publicado por la editorial Herder con la colección de sus escritos dedicados al concilio. Presentamos nuestra traducción de este valioso e interesante texto del Santo Padre Benedicto XVI.

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Fue una jornada espléndida cuando, el 11 de octubre de 1962, con el solemne ingreso de más de dos mil Padres conciliares a la Basílica de San Pedro en Roma, se abrió el Concilio Vaticano II. En 1931 Pío XI había dedicado este día a la fiesta de la Divina Maternidad de María, en memoria del hecho de que, mil cincuenta años antes, en el 431, el concilio de Éfeso había reconocido solemnemente tal título a María, para expresar así la unión indisoluble de Dios y del hombre en Cristo. El Papa Juan XXIII había fijado para aquel día el comienzo del Concilio, con el fin de confiar la gran asamblea conciliar, por él convocada, a la bondad materna de María, y anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio de Jesucristo. Fue impresionante ver entrar a los obispos provenientes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza a todo el mundo, en la cual los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.

Fue un momento de extraordinaria expectativa. Grandes cosas debían ocurrir. Los concilios precedentes habían sido casi siempre convocados por una cuestión concreta a la cual debían responder. Esta vez no había un problema particular a resolver. Pero precisamente por esto había en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza eficaz. Parecía haberse vuelto cansado y parecía que el futuro estuviese determinado por otros poderes espirituales. La percepción de esta pérdida del presente por parte del cristianismo y de la tarea que de allí se seguía estaba bien resumida en la palabra “aggiornamento”. El cristianismo debe estar en el presente para poder dar forma al futuro. Para que pudiese volver a ser una fuerza que modela el mañana, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas concretos o programas. Fue esta la grandeza y, al mismo tiempo, la dificultad de la tarea que se presentaba a la asamblea eclesial.

Cada uno de los episcopados indudablemente se acercó al gran acontecimiento conciliar con ideas diversas. Algunos llegaron más con una actitud de expectativa hacia el programa que debía ser desarrollado. Fue el episcopado centroeuropeo – Bélgica, Francia y Alemania – el que tuvo las ideas más decididas. En lo particular el acento era puesto, sin duda, en aspectos diversos; sin embargo, había algunas prioridades comunes. Un tema fundamental era la eclesiología, que debía ser profundizada desde el punto de vista de la historia de la salvación, trinitaria y sacramental; y a esto se agregaba la exigencia de completar la doctrina del primado del Concilio Vaticano I a través de una revaloración del ministerio episcopal. Un tema importante para los episcopados centroeuropeos era la renovación litúrgica, que Pío XII había ya comenzado a realizar. Otro acento central, especialmente para el episcopado alemán, estaba puesto sobre el ecumenismo: el soportar juntos las persecuciones del nazismo había acercado mucho a los cristianos protestantes y a los católicos; ahora esto debía ser comprendido y llevado adelante también a nivel de toda la Iglesia. A esto se agregaba el ciclo temático Revelación-Escritura-Tradición-Magisterio. Entre los franceses se había puesto cada vez más en primer plano el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, o sea, el trabajo sobre el así llamado “Esquema XIII”, del cual luego ha nacido la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo. Aquí se tocaba el punto de la verdadera expectativa del concilio. La Iglesia, que todavía en época barroca había, en sentido lato, plasmado el mundo, a partir del siglo XIX había entrado de modo cada vez más evidente en una relación negativa con la edad moderna, sólo entonces plenamente iniciada.

¿Las cosas debían permanecer así? ¿La Iglesia no podía dar un paso positivo en los tiempos nuevos? Detrás de la expresión vaga “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para aclararlo habría sido necesario definir mejor lo que era esencial y constitutivo de la edad moderna. Esto no se ha logrado en el “Esquema XIII”. Si bien la Constitución pastoral expresa muchas cosas importantes para la comprensión del “mundo” y da relevantes contribuciones sobre la cuestión de la ética cristiana, sobre esto punto no ha logrado ofrecer una aclaración sustancial.

Inesperadamente, el encuentro con los grandes temas de la edad moderna no tuvo lugar en la gran Constitución pastoral, sino más bien en dos documentos menores, cuya importancia se ha visto sólo poco a poco con la recepción del concilio. Se trata, en primer lugar, de la Declaración sobre la libertad religiosa, pedida y preparada con gran solicitud sobre todo por el episcopado americano. La doctrina de la tolerancia, así como había sido elaborada en los detalles por Pío XII, no parecía ya suficiente frente al desarrollo del pensamiento filosófico y del modo de concebirse el Estado moderno. Se trataba de la libertad de elegir y de practicar la religión, como también de la libertad de cambiarla, como derechos fundamentales a la libertad del hombre. De sus razones más íntimas, una tal concepción no podía ser extraña a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no podía decidir la verdad y no podía exigir ningún tipo de culto. La fe cristiana reivindicaba la libertad de la convicción religiosa y de su práctica en el culto, sin violar con esto el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo adoraban. 

Desde este punto de vista se puede afirmar que el cristianismo, con su nacimiento, ha traído al mundo el principio de la libertad de religión. Sin embargo, la interpretación de este derecho a la libertad en el contexto del pensamiento moderno era todavía difícil, ya que podía parecer que la versión moderna de la libertad de religión presuponía la inaccesibilidad de la verdad para el hombre y que, por lo tanto, moviese la religión desde su fundamento a la esfera de lo subjetivo. Ha sido ciertamente providencial que, trece años después de la conclusión del concilio, el Papa Juan Pablo II haya llegado desde un país en que la libertad de religión era contestada por el marxismo, es decir, a partir de una particular forma de filosofía estatal moderna. El Papa provenía casi de una situación que se asemejaba a aquella de la Iglesia antigua, de modo que se volvió nuevamente visible la íntima ordenación de la fe al tema de la libertad, sobre todo la libertad de religión y de culto.

El segundo documento que se revelaría luego importante para el encuentro de la Iglesia con la edad moderna ha nacido casi por casualidad y ha crecido en varios estratos. Me refiero a la declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Al comienzo estaba la intención de preparar una declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y el judaísmo, texto que se volvió intrínsecamente necesario después de los horrores de la Shoah. Los Padres conciliares de los países árabes no se opusieron a tal texto, pero explicaron que si se quería hablar del judaísmo, entonces se debía decir también algunas palabras sobre el islam. Cuánta razón tenían al respecto, en Occidente lo hemos entendido sólo poco a poco. Finalmente surgió la intuición de que era justo hablar también de otras dos grandes religiones – el hinduismo y el budismo – como también del tema religión en general. 

A esto se agregó luego espontáneamente una breve instrucción relativa al diálogo y a la colaboración con las religiones, cuyos valores espirituales, morales y socio-culturales debían ser reconocidos, conservados y promovidos (cfr. n. 2). Así, en un documento preciso y extraordinariamente denso, fue inaugurado un tema cuya importancia en la época no era todavía previsible. Qué responsabilidades esto implica, cuánto esfuerzo se necesita todavía para distinguir, aclarar y comprender, parecen cada vez más evidentes. En el proceso de recepción activa ha surgido poco a poco también una debilidad de este texto, de por sí extraordinario: habla de la religión sólo de modo positivo e ignora las formas enfermas y distorsionadas de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un amplio alcance; por esto, desde el comienzo, la fe cristiana ha sido muy crítica, tanto hacia el interior como hacia el exterior, frente a la religión.

Si al comienzo del concilio habían prevalecido los episcopados centroeuropeos con sus teólogos, durante las etapas conciliares el radio del trabajo y de las responsabilidades comunes se ha ampliado cada vez más. Los obispos se reconocían aprendices en la escuela del Espíritu Santo y en la escuela de la colaboración recíproca, pero precisamente de este modo se reconocían servidores de la Palabra de Dios que viven y operan en la fe. Los Padres conciliares no podían y no querían crear una Iglesia nueva, diversa. No tenían ni el mandato ni el encargo de hacerlo. Eran Padres del concilio con una voz y un derecho de decisión sólo en cuanto obispos, es decir, en virtud del sacramento y en la Iglesia sacramental. Por eso no podían y no querían crear una fe distinta o una Iglesia nueva, sino más bien comprender ambas de modo más profundo y luego realmente “renovarlas”. Por eso, una hermenéutica de la ruptura es absurda, contraria al espíritu y a la voluntad de los Padres conciliares.

En el cardenal Frings he tenido un “padre” que ha vivido de modo ejemplar este espíritu del concilio. Era un hombre de fuerte apertura y grandeza, pero sabía también que sólo la fe guía para salir hacia fuera, hacia aquel amplio horizonte que permanece cerrado al espíritu positivista. Y a esta fe quería servir con el mandato recibido a través del sacramento de la ordenación episcopal. No puedo más que estarle siempre agradecido por haberme llevado a mí – el profesor más joven de la Facultad teológica católica de la universidad de Bonn – como su consultor a la gran asamblea de la Iglesia, permitiéndome estar presente en esta escuela y recorrer desde dentro el camino del concilio. En este libro se recogen los diversos escritos con los cuales, en aquella escuela, he pedido la palabra. Se trata de pedidos de palabra totalmente fragmentarios, de los cuales se refleja el proceso de aprendizaje que el concilio y su recepción han significado y significan todavía para mí.

Espero que estas múltiples contribuciones, con todos sus límites, en el conjunto puedan de todos modos ayudar a comprender mejor el concilio y a traducirlo en una correcta vida eclesial. Agradezco de todo corazón al arzobispo Gerhard Ludwig Müller y a sus colaboradores del Institut Paps Benedikt XVI por el extraordinario empeño que han asumido para realizar este volumen.

Castelgandolfo, en la fiesta del santo obispo Eusebio de Vercelli, 2 de agosto de 2012.

Benedicto XVI



Fuente: Il Blog degli amici di Papa Ratzinger

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

«Una liturgia manufacturada no vale para nada porque es cosa nuestra»

Mons. Ferrer Grenesche
(Subsecretario de la "Congergación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos"


El subsecretario de la Congregación para el Culto Divino, Mons. Juan Miguel Ferrer, de visita en el Seminario Mayor San José de La Plata, en el marco de los 90 años de su creación, ha pedido que se cuide la Liturgia, «que es de Dios, y no de los hombres. Una liturgia manufacturada no vale para nada, porque es cosa nuestra. Podrá ser muy bonita y divertida pero no es de Dios. Y ‘sin mí, no podéis hacer nada’, nos recuerda el Señor».

(Aica) El subsecretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche, de visita en el Seminario Mayor San José de La Plata, en el marco de los 90 años de su creación, hizo una encendida petición para que se cuide la Liturgia, «que es de Dios, y no de los hombres. Una «liturgia manufacturada no vale para nada, porque es cosa nuestra. Podrá ser muy bonita y divertida pero no es de Dios. Y ‘sin mí, no podéis hacer nada’, nos recuerda el Señor».

Monseñor Ferrer llegó al Seminario platense acompañado por religiosas del Instituto Mater Dei, fundado en San Luis por la Madre María Jesús Becerra, con el apoyo del entonces obispo diocesano, monseñor Juan Rodolfo Laise. Y fue recibido por el rector, presbítero Gabriel Delgado, los Superiores de la casa; personal directivo y docentes, y por el casi centenar de seminaristas de todo el país que allí se forman.

Con posterioridad a su exposición presidió una celebración eucarística y luego compartió el almuerzo fraterno, al que se sumó el obispo auxiliar de La Plata, Mons. Nicolás Baísi, a cargo temporalmente de la archidiócesis por la ausencia del arzobispo, Mons.  Héctor Aguer, que está participando en el Sínodo sobre la Nueva Evangelización, que tiene lugar en Roma.

La formación litúrgica en el Seminario

El prelado vaticano, que fue rector del Seminario Mayor de Toledo, en España, alentó a los formadores y seminaristas a vivir apasionadamente la formación litúrgica en el Seminario, «que es la tarea más hermosa. Pues aquí, en gran medida, se juega el futuro de la Iglesia. Recuerden siempre lo que les pide el Papa, queridos seminaristas: lo más importante es la relación personal con Dios, en Jesucristo. ¡Hacen falta mártires; testigos auténticos del amor de Dios!»

Añadió, al respecto, que «hoy tenemos retos semejantes en distintos países del mundo. La globalización trajo legislaciones que se difunden en las diferentes naciones y que atentan contra los fundamentos mismos de la civilización. Apuntan a la secularización y laicización de la sociedad. Y hay grupos bien interesados en destruir lo que se oponga a ello. Por ello, ven a la Iglesia como un peligro para su plan de dominación. Porque no busca acuerdos, a medio camino, entre la verdad y la mentira».


Liturgia y Evangelización

Exhortó, entonces, «a no convertirnos en llorones y a no quedarnos al borde del camino para lamentarnos. Debemos retomar intensamente nuestra identidad y la conversión interior; la vocación a la santidad y a la misión. Allí apunta la Nueva Evangelización».

Aclaró, en este sentido, que «como bien nos lo enseña el Santo Padre, tenemos tres vías de evangelización: la ordinaria, en nuestras comunidades, con los fieles que están en la Iglesia;la misionera, allí donde no se conoce a Cristo, y la nueva evangelización, para todos aquellos que se alejaron o no viven con intensidad su práctica cristiana».

Resaltó que «durante toda su vida como teólogo, con anterioridad a su elección como Sumo Pontífice, el Papa nos enseñó la centralidad de Dios en la liturgia. Y hoy nos insiste con su ejemplo de liturgo, en la actitud ante la liturgia. Es, principalmente, su modo de celebrar el que demuestra la centralidad de la liturgia en la vida de la Iglesia». Por ello, enfatizó, «celebrar los sagrados misterios es lo más importante en la vida de cualquier sacerdote, obispo y el propio Papa. Y, además, la forma en que el Santo Padre celebra se constituye en el modelo perfecto para toda la Iglesia».


«La liturgia no es teatro ni adorno»

En esa línea argumental aclaró que «en la liturgia el protagonismo no está en el sacerdote, aunque sea el Papa. El centro no es el Papa; el centro es Dios. No se va ‘a ver al Papa’, sino al encuentro con el Señor, junto al Papa».

Ejemplificó, en consecuencia, que «la liturgia no es ni teatro ni un adorno a la acción pastoral. Es escuela de vida cristiana; es la cristificación de nuestra vida; es volvernos hacia Dios. Por eso es responsabilidad de los pastores del pueblo de Dios, como parte de su oficio de amor, cuidar de ella. Y eso comienza aquí, en el Seminario».

Tras recordar varios documentos del Magisterio de la Iglesia, como la constitución Sacrosanctum Concilium, del Vaticano II; La formación litúrgica en el Seminario, de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; y La formación espiritual en los Seminarios, de la Congregación para la Educación Católica, enfatizó que «la liturgia es escuela de fe y de vida cristiana, y debe impregnar toda la vida del Seminario. En ella convergen el Magisterio, la Biblia y los Sacramentos. Por eso, ya desde el Seminario, hay que vivir lo que la Iglesia nos pide el día de nuestra Ordenación: ‘imita lo que tratas. Y configura tu vida con el misterio de la Cruz del Señor’…».


Mutuo enriquecimiento de formas del rito romano

Como conclusión, monseñor Ferrer exhortó a los seminaristas a fijarse en el modo en que celebraban la liturgia santos como San Juan, San Gregorio Magno, San Martín de Tours, San Felipe Neri, el Santo Cura de Ars, San Pío de Pietrelcina y San Josemaría Escrivá de Balaguer. «Todos ellos, y tantos otros -subrayó-, son muy buenos modelos a imitar».

Al final, varios seminaristas le hicieron diferentes preguntas. Y, ante una consulta, destacó que «debe evitarse la improvisación. Frente a una duda, consultar siempre con el que más sabe. Y, obviamente, con el Obispo».

Igualmente se le preguntó sobre expresiones de uno de los ceremonieros del Santo Padre, monseñor Guido Marini. Y sostuvo que «es probable que vayan llegando normas sobre un mutuo enriquecimiento entre ambas formas del rito romano, la ordinaria y la extraordinaria».

Tomado de: http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=13024

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