sábado, 29 de diciembre de 2012

La crisis litúrgica como consecuencia de la crisis eclesiológica


Entrevista realizada a Mons. Nicola durante el papado de Benedicto XVI


MONSEÑOR NICOLA BUX

CATHOLICA - Según usted, la afirmación de los adversarios del Motu Proprio teniendo en cuenta que la eclesiología del misal antiguo es incompatible con el resultado del Concilio Vaticano II, no es admisible?

MONSEÑOR NICOLA BUX - Basta señalar que el Canon romano del Misal antiguo se mantuvo una oración eucarística del nuevo misal. En ella, la Plegaria Eucarística I, el sacerdote se dirige al Padre, y que presente la oferta "para la santa Iglesia Católica y," para que se recoge en la unidad - y que también solicitado por la antigua Didaché - y que la guía por el Papa, el obispo de la comunidad en la que se celebra la Eucaristía ya través de "todos los que guardan la fe católica transmitida por los Apóstoles". Estos son los famosos dípticos que prueban la existencia de la comunión en la Iglesia. Al mismo tiempo, el Padre recordó a los presentes en la celebración y aquellos que ofrecen: "Para ellos, nosotros le ofrecemos y le ofrecen a sí mismos", es decir, que evoca el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común. En segundo lugar, se argumenta que la Misa se ​​celebra en comunión con la Virgen María y todos los santos, la Iglesia celestial, cuya intercesión se solicita. En tercer lugar, invocamos a Dios "el poder de [su] bendición" para las donaciones se gastan: lo que se refiere al Espíritu Santo. También se ha demostrado que el canon romano, en su núcleo, es anterior a la definición del Concilio de Constantinopla en 381. Por otra parte, otra antigua oración eucarística, la anáfora copta de Serapión, contiene la epíclesis Word.

Para volver a la Canon romano, después de la consagración, recuerda el Padre del Hijo y de su misterio pascual, ofreciendo su cuerpo y el sacrificio de sangre que se aprueba prefigurado por Abel, Abraham y Melquisedec. Solicitamos que la ofrenda se lleva al altar del cielo de la tierra. A raíz de la intercesión por los difuntos, que la Iglesia se purifica, y la intercesión por la Iglesia en la tierra y celebrar en este lugar. La gran oración concluye con la glorificación de la Trinidad y el Amén de los fieles. Esta oración, que hábilmente dosis de fe personal y la comunidad de fe, y emerge una eclesiología trinitaria, o comunión que desciende del cielo, con notas de unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad de.

Lo que parece ser entonces la esencia de la crisis de la liturgia?

La liturgia es esencialmente oración de adoración. La crisis ha afectado a la liturgia se debe al hecho de que en el centro no es Dios y su adoración, se está volcando hacia los hombres y la comunidad. Como Juan el Bautista Metz dijo: "La crisis de Dios está ligado en la eclesiología". Providencialmente, el Consejo aprobó la primera Constitución sobre la Sagrada Liturgia, porque "En el principio es la adoración y es Dios [...] La Iglesia deriva de la adoración, la misión de glorificar a Dios" (J. Ratzinger, El ecclesiologia della Costituzione Lumen gentium , en: . Concilio Vaticano II se Recezione e luce del Actualidades fue Giubileo , Cinisello Balsamo 2004, p 132).. Ésta es la eclesiología del Concilio, que más allá de diversos acentos históricos, es la de la Iglesia Católica durante dos mil años.

La crisis de la liturgia comienza cuando deja de ser concebida y vivida como un culto a Jesucristo de Trinidad, donde es más una celebración de toda la Iglesia católica, sino de una comunidad particular, cuando obispos y sacerdotes en lugar de ministros, es decir, los sirvientes se convierten en líderes. Lamento continuo de algunos liturgistas sobre la implementación de la reforma y expedientes perdidos necesarios para hacerlo atractivo, demuestra que ha perdido el espíritu de la liturgia, reduciéndola a un determinado auto-celebración de la comunidad .

Su idea principal es que si el concepto erróneo es que la liturgia es la primera eclesiología falso?

Sí, la eclesiología fuera, en lugar de una continuidad eclesiología. Ver todos ejemplos de relativismo litúrgico (vestido llamado "creatividad"), que son todos los días en todos los ojos: la Eucaristía es el primero que ha llevado la peor parte de la idea de que la Iglesia no católica. Cómo eclesiología se refieren aquellos que deseen hacer valer la supuesta incompatibilidad del Misal de Juan XXIII con la situación actual de la Iglesia? Teme a la existencia de dos diferentes eclesiologías es un grave error: esto significa que consideramos el Consejo como un momento de ruptura con la tradición católica, según lo mencionado por el Santo Padre en su discurso durante los cuarenta años de la conclusión del Concilio Vaticano II. El Misal Romano de San Pío V, heredero de los antiguos misales sacramentales y medieval, como también el Misal de Pablo VI, son la expresión de la única lex credendi y orandi da primacía a la relación de la Iglesia y de todos los fieles con Dios. Esta es la eclesiología católica sólo puede decir.

Pablo VI pretende la reforma litúrgica como Renovatio y no como un Revolutio destinado a abolir los libros litúrgicos anteriores. Así que si los "odres nuevos para el vino nuevo" son admisibles, botellas viejas y vino viejo son valiosas y aplicables. ¿Por qué entonces sorprendente que el Motu Proprio habla de "doble uso del mismo rito"? Las interpretaciones históricas relativas a la labor de Pío V y el Papa Pablo VI sean correctas.

Así que en la "forma normal", usted es un partidario decidido "reforma de la reforma".

Exactamente, para lograr una "reforma de la reforma" se debe incluir los fundamentos teológicos de la liturgia se describe de forma sistemática en el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 1077-1112) sobre la base de la Constitución Sacrosanctum Concilium. L trabajo de Romano Guardini, El espíritu de la liturgia , o su actualización por Joseph Ratzinger, Introducción al espíritu de la liturgia , ayudará a determinar las Novus Ordo puntos que necesitan restauración.

Debemos reformar que se ha distorsionado. Sin embargo, los principales "deformaciones", que nunca fueron imaginados por el Consejo, incluyen:

- La transformación de la liturgia, la oración y el diálogo con Dios, la exposición de los actores y las inundaciones de las palabras: se ve favorecida por el hecho de que el sacerdote está de cara al pueblo y se desgasta fácilmente a mirar a su alrededor en lugar de elevar a la cruz como la verdadera oración con Dios requiere. Y himnos, salmos, la acción penitencial, colecciones, y en especial la anáfora oración universal, se perciben como recitación más o menos graves de una obra de teatro, sobre todo porque se trata de celebrar las interrumpir a las advertencias y consejos a los fieles.

- La condena del concepto de sacrificio que se sustituye una comida, que consiste en asimilar la Eucaristía católica celebra la comunión protestante.

- La desorientación proporcionada por la recitación de la anáfora de cara al pueblo, lo que ayudó a confirmar que la masa era una comida fraterna.

- La sustitución total del latín vernáculo.

- La Revolución "artístico", sobre todo la forma de la mesa del altar y se convirtió en un desplazamiento del tabernáculo, sustituida por la sede del sacerdote trono. Por no hablar de la abolición del recinto sagrado del santuario y la instalación de la pila bautismal en el coro.

Pero entonces, ¿qué?

Muchos sacerdotes celebrar la liturgia como una auto-creación. Documentos de la Congregación para el Culto Divino son muy numerosos, pero siguen siendo letra muerta porque la obediencia está en crisis. ¿Puede usted imaginar el establecimiento de un "visitador apostólico" para la liturgia, cuya sola existencia sería ir muy lejos en este deporte?

Pero primero debemos dejar claro que la liturgia es sagrada y divina, es decir, que desciende de lo alto como la Jerusalén celestial del Apocalipsis, el sacerdote realiza in persona Christi en la Iglesia, ya que sólo es un ministro. Las mismas significa la palabra liturgia: la acción de las personas, en el sentido de que contribuye a la aparición de la oferta ascendente a estar unidos al sacrificio de Jesucristo. Además del término liturgia , debe reintroducir el término culto , que indica la relación "cultivado" reverencia y adoración del hombre a Dios.

Por dónde empezar?

En caso de ser ofrecido a los sacerdotes que vuelvan al Señor durante el ofertorio y la anáfora, especialmente en los momentos de Adviento y Cuaresma, con el fin de subrayar la dimensión escatológica de la liturgia. Y donde el altar versus populum no tiene un paso previo suficiente, esto sugeriría que lo instale. De lo contrario, se convertiría en la cruz, y por qué o suspender sobre el altar, o colocarlo en el centro, delante del altar, o el altar, y explicó que el crucifijo es no es una baratija que obstaculiza la vista, pero q'il es la imagen más importante para ayudar a buscar fuera y mirar dentro para avanzar hacia la oración. De hecho, los ojos del sacerdote y las de los fieles convergen en él y en vez de apartar la vista de todos los lados.

¿No es paradójico que los que defienden la nueva forma del rito como un modelo de libertad excluir esta "libertad" de la antigua forma de ritual?

Es por eso que poco a poco debe introducir la liturgia romana, en comparación con las liturgias orientales, con también destacar los beneficios ecuménicos de esta comparación, ya que el Patriarca de Moscú se acaba de expresar su aprobación por la iniciativa del Papa Benedicto XVI para recuperar la tradición litúrgica con el Motu Proprio . Así que, a fin de aliviar el temor de diversas formas rituales. Por otra parte, varios ejemplos se encuentran ya en el Misal Romano de Pablo VI, como el rito de la adoración de la Cruz el Viernes Santo, que puede ser de dos formas, la forma tradicional de la divulgación, o forma nueva la procesión. Por lo tanto, la solución a una copia de seguridad del antiguo rito, ofreciendo sin imponer ya existe. En verdad, la unidad católica se expresa a través de la complementariedad de las diversas formas rituales.

COMUNION RECIBIDA EN LA LENGUA Y LA RODILLA



Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Santo Padre
http://www.vatican.va/news_services/liturgy/details/ns_lit_doc_20091117_comunione_it.html

“La más antigua práctica de distribución de la Comunión fue, muy probablemente, la de dar la Comunión a los fieles en la palma de la mano. Sin embargo, la historia de la Iglesia evidencia también el proceso, iniciado tempranamente, de transformación de esta práctica. Desde la época de los Padres, nace y se consolida una tendencia a restringir cada vez más la distribución de la Comunión en la mano y a favorecer la distribución en la lengua. El motivo de esta preferencia es doble: por una parte, evitar al máximo la dispersión de los fragmentos eucarísticos; por otra, favorecer el crecimiento de la devoción de los fieles hacia la presencia real de Cristo en el sacramento.

A la costumbre de recibir la Comunión sólo sobre la lengua hace referencia también santo Tomás de Aquino, el cual afirma que la distribución del Cuerpo del Señor pertenece sólo al sacerdote ordenado. Esto, por diversos motivos, entre los cuales el Doctor Angélico cita también el respeto hacia el sacramento, que “no es tocado por nada que no esté consagrado: y, por eso, están consagrados el corporal, el cáliz, y también las manos del sacerdote, para poder tocar este sacramento. A ningún otro, por lo tanto, le es permitido tocarlo, fuera de casos de necesidad: si, por ejemplo, estuviera por caer al suelo u otras contingencias similares” (Summa Theologiae, III, 82, 3).

A lo largo de los siglos, la Iglesia siempre ha tratado de caracterizar el momento de la Comunión con sacralidad y suma dignidad, esforzándose constantemente por desarrollar de la mejor manera gestos externos que favorecieran la compresión del gran misterio sacramental. En su atento amor pastoral, la Iglesia contribuye a que los fieles puedan recibir la Eucaristía con las debidas disposiciones, entre las cuales figura el comprender y considerar interiormente la presencia real de Aquel que se va a recibir (cf. Catecismo de san Pío X, nn. 628 e 636). Entre los signos de devoción propios de los que comulgan, la Iglesia de Occidente estableció también el estar de rodillas. Una célebre expresión de san Agustín, retomada en el n. 66 de la Sacramentum Caritatis de Benedicto XVI, enseña: “Nadie come de esta carne [el Cuerpo eucarístico] sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos” (Enarrationes in Psalmos, 98,9). Estar de rodillas indica y favorece esta necesaria adoración previa a la recepción de Cristo eucarístico.

En esta perspectiva, el entonces cardenal Ratzinger había asegurado que “la Comunión alcanza su profundidad sólo cuando es sostenida y comprendida por la adoración” (Introducción al espíritu de la liturgia). Por eso, él consideraba que “la práctica de arrodillarse para la santa Comunión tiene a su favor siglos de tradición y es un signo de adoración particularmente expresivo, del todo apropiado a la luz de la verdadera, real y sustancial presencia de Nuestro Señor Jesucristo bajo las especies consagradas” (cit. en la Carta This Congregation de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, del 1° julio de 2002).

Juan Pablo II, en su última encíclica, Ecclesia de Eucaristia, escribió en el n. 61: “Al dar a la Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradición incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar este «tesoro». [...] No hay peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque «en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación»”. En continuidad con la enseñanza de su Predecesor, a partir de la solemnidad del Corpus Domini del 2008, el Santo Padre Benedicto XVI comenzó a distribuir a los fieles el Cuerpo del Señor, directamente en la lengua y estando arrodillados.”

Formación Litúrgica en la Escuela de Benedicto XVI (III)



El segundo paso previo en la formación litúrgica es saber que la sagrada Liturgia es obra de Dios y se celebra para la gloria de Dios, de tal modo que lo que se hace es para agradar a Dios. Es decir, la sagrada Liturgia, realidad trascendente, está orientada a Dios. Esto exige perentoriamente que cada uno ocupe el puesto debido en la celebración, armonizando en ella la obra de Dios y la obra del hombre. Difícil equilibrio, pues sabemos que aunque la Liturgia es principalmente obra de Dios, también es obra del hombre; si es para la gloria de Dios, también es para la salvación del hombre; si en ella hay que agradar a Dios, también hay que merecer la benevolencia de la asamblea; en definitiva, la Liturgia no es cuestión de formas, sino del misterio que lleva dentro. En este sentido, hablar del sacerdote como presidente de la asamblea es reductivo, pues el sacerdote es ante todo ministro, instrumento y siervo de Cristo.

Saber que la Liturgia es obra de Dios y secundariamente obra del hombre, exige una labor lenta de educación a la interioridad, que permite realizar con verdad los gestos litúrgicos, como el estar en pie, arrodillados, sentados o hacer el signo de la cruz o darse golpes de pecho, cuya mediación antropológica es necesaria para mostrar el espíritu en el cuerpo. “En vez de presentar siempre nuevos proyectos de estructuras litúrgicas, la liturgia debería volver  a su fin originario de servir a la educación litúrgica, es decir, ayudar a desarrollar la capacidad de apropiación interior de la liturgia comunitaria de la Iglesia. Sólo así se puede evitar esa abundancia de explicaciones que destruye la liturgia y que al final no explican nada (…) Por ello es particularmente urgente en esta situación la educación a la interioridad, el acercamiento al núcleo esencial; en ello nos va la sobrevivencia de la liturgia en cuanto tal”[1].



El tercer paso previo en la formación litúrgica es identificar su campo teológico. El mérito de C. Vagaggini[2] es haber señalado la esencia de la liturgia teológica, insertándola en la dogmática, en cuanto portadora de argumentos y estilo; su límite no haber desarrollado las características propias de la ciencia litúrgica que pueden hacer progresar la dogmática, fundamentando su autonomía en el conjunto. Por su parte, S. Marsili[3], presuponiendo que la liturgia es la theología prima y que la dogmática es la theología secunda, afirma acertadamente que el objeto de la teología es el misterio pascual y que este acontecimiento es una realidad sacramentalmente revelada, que se realiza al proclamar la Palabra de Dios y al celebrar el misterio; es, pues, una realidad salvadora concreta, no  una teoría abstracta. Pero el límite de Marsili es que la liturgia termina fagocitando la dogmática, mientras tendría que dedicarse a interpretar teológicamente la celebración ritual de la gracia. Además, Marsili, para no quedar atrapado en la antropología, reduce la ritualidad a la sacramentalidad de la revelación, pensando salvaguardar así lo específico cristiano, mientras olvida que en el rito –significante antropológico- nos jugamos la verdad de la liturgia, pues el rito –significado teológico- actualiza el misterio al ser continuación de la humanidad de Cristo.

El principio de la revelatio-traditio nos obliga a custodiar el depósito recibido y a entregar fielmente la fe recibida, que se realiza sobre todo mediante la celebración litúrgica. No estamos hablando de una vuelta atrás, sino de mirar adelante, custodiando y trasmitiendo lo que hemos recibido, en un sano equilibrio entre cambio y tradición, mediante una evolución orgánica, pues la sagrada Liturgia es una realidad viva. “Tal profundización (en la experiencia de la renovación litúrgica) será posible sólo a través de un mayor conocimiento del misterio en plena fidelidad a la sagrada Tradición e incrementando la vida litúrgica en nuestras comunidades”[4].

Por tanto, hay que estar atentos a celebrar en el nivel de la fe, animada por la caridad, evitando celebrar en los niveles de la sensibilidad y del activismo, cuyo resultado es la liturgia espectáculo o entretenimiento, en la que se oculta la obra de Dios y queda sólo el hombre como idólatra protagonista. En consecuencia, tenemos dos opciones o volver a colocar la Cruz en el altar, que da sentido a todo lo que celebramos, o seguir aplaudiendo ante el muerto, injustamente asesinado, porque algo habrá que hacer, cuando se ha dejado de mirar a Dios. “La verdadera educación litúrgica no puede consistir en el  aprendizaje o en el ejercicio de actividades exteriores, sino en la iniciación en la acción esencial, que constituye la liturgia, en la iniciación, a saber, en la acción transformante de Dios, que a través del acontecimiento litúrgico quiere transformarnos a nosotros mismos y al mundo En este sentido, la educación litúrgica de sacerdotes y seglares es hoy deficitaria en una medida bastante triste. Hay mucho que hacer todavía”[5].

En la liturgia romana actual hay deficiencias o carencias en el nivel de contenidos, sea textual o ritual, y sobre todo en el nivel de la praxis, es decir, nos encontramos antes dos problemas: el valor ritual del nuevo rito y el mal uso del rito reformado. Los juicios críticos de la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II, tanto en el orden ritual como en el orden de la práctica, son abundantes[6]. “La reforma litúrgica en su concreta realización se ha alejado siempre más de su origen. El resultado no ha sido una reanimación, si no una devastación (…) Lo que tenemos después del Concilio es otra cosa: en el puesto de una liturgia fruto de un desarrollo continuo, tenemos una liturgia fabricada. Se ha abandonado el proceso viviente de crecimiento y futuro para entrar en una fabricación (…) Gamber, con la vigilancia de un auténtico profeta y con el coraje de un auténtico testigo, se ha opuesto a esta falsificación y nos ha enseñado sin cansancio la viva plenitud de una liturgia auténtica, gracias a su conocimiento increíblemente rico de las fuentes”[7]. Por eso, a continuación vamos a reflexionar tanto sobre algunas cuestiones doctrinales, como también sobre otras cuestiones prácticas en torno a la liturgia actual.

[1] J. RATZINGER- BENEDETTO XVI, Davanti al protagonista. Alle radici della liturgia. Cantagalli. Sena 2009, pp. 90. 92.

[2] Cf. “Cipriano Vagaggini. L´intelligenza della liturgia”. Rivista Liturgica 96 (2009) 323-471.

[3] Cf. “Salvatore Marsilio sb. Attualiatà dinuna mistagogia”. Rivista Liturgica 95 (2008) 373-565.

[4] BENEDICTO XVI, Discurso a la Plenaria de la Congregación para la Disciplina de los Sacramentos y el Culto Divino  (13-III-2009): AAS 101 (2009) 292-293.

[5] J. RATZINGER, Introduzione allo spirito della liturgia. San Paolo. Cinisello Balsamo 2001, p. 171.

[6] Cf. M. MOSEBACH, Eresia dell´informe. La liturgia romana ed il suo nemico. Cantagalli. Sena 2009.

[7] J. RATZINGER- BENEDETTO XVI, Davanti al protagonista. Alle radici della liturgia. Cantagalli. Sena 2009, pp. 191. 193.

                                                                                                                                                                               Padre Pedro Fernández,

viernes, 28 de diciembre de 2012

LA LITURGIA, LUGAR DONDE VIVIR LA UNIVERSALIDAD DE LA IGLESIA


Catequesis de Benedicto XVI en la audiencia general de hoy


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 3 octubre 2012 (ZENIT.org).- La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 10,30 en la plaza de San Pedro, donde Benedicto XVI se dirigió a grupos de peregrinos y fieles llegados de Italia y de otros países. Ofrecemos las palabras pronunciadas por el papa en una catequesis centrada en la liturgia.
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Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis pasada empecé a hablar sobre una de las fuentes privilegiadas de la oración cristiana: la sagrada liturgia, que, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, es “participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En la liturgia toda oración cristiana encuentra su fuente y su fin” (n. 1073). Hoy me gustaría que nos preguntemos: ¿en mi vida, reservo un espacio suficiente para la oración y, sobre todo, que lugar tiene en mi relación con Dios, la oración litúrgica, especialmente la Santa Misa, como participación en la oración común del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia?
Para responder a esta pregunta, primero debemos recordar que la oración es la relación viviente de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo, y con el Espíritu Santo (cf. ibid., 2565). Así que la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios y tener conciencia de ello, en el vivir en relación con Dios como si viviese las relaciones habituales de nuestra vida, aquellos con los familiares más queridos, con los verdaderos amigos; de hecho, aquella con el Señor es la relación que alumbra a todas nuestras otras relaciones. Esta comunión de vida con Dios, Uno y Trino, es posible porque, mediante el Bautismo hemos sido insertados en Cristo, hemos comenzado a ser uno con Él (cf. Rom. 6,5).
De hecho, solo en Cristo podemos hablar con Dios Padre como hijos, de lo contrario no es posible, sino que en comunión con el Hijo, podemos también decir como Él dijo: "Abba". En comunión con Cristo, podemos conocer a Dios como verdadero Padre (cf. Mt. 11,27). Por esto la oración cristiana consiste en mirar de manera constante y en una forma siempre nueva a Cristo, hablar con Él, permanecer en silencio con Él, escucharlo, actuar y sufrir con Él. El cristiano descubre su verdadera identidad en Cristo, “el primogénito de toda criatura”, en quien todas las cosas subsisten (cf. Col. 1,15 ss). En el identificarme con Él, en el ser uno con Él, descubro mi identidad personal, aquella del verdadero hijo que ve a Dios como un Padre lleno de amor.
Pero no olvidemos: A Cristo lo descubrimos, lo conocemos como una persona viviente, en la Iglesia. Esta es "su cuerpo". Esta corporeidad se puede entender a partir de las palabras bíblicas sobre el hombre y sobre la mujer: los dos se harán una sola carne (cf. Gn. 2,24; Ef. 5,30ss; 1 Cor 6,16s). El vínculo indisoluble entre Cristo y la Iglesia, a través del poder unificador del amor, no niega el “tú” y el “yo”, sino que los eleva a su unidad más profunda.
Encontrar la propia identidad en Cristo significa lograr una comunión con Él, que no me anula, sino me eleva a la dignidad más alta, aquella de hijo de Dios en Cristo: “la historia de amor entre Dios y el hombre consiste, en el hecho de que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, y por lo tanto nuestra voluntad y la de Dios coinciden cada vez más” (Encíclica Deus caritas est, 17). Orar significa elevarse a la altura de Dios a través de una necesaria y gradual transformación de nuestro ser.
Por lo tanto, participando en la liturgia, hacemos nuestro el lenguaje de la Madre Iglesia, aprendemos a hablar en ella y por ella. Naturalmente, y como ya lo he dicho, esto sucede de manera gradual, poco a poco. Tengo que sumergirme progresivamente en las palabras de la Iglesia, con mi oración, con mi vida, con mi sufrimiento, con mi alegría, con mis pensamientos. Es un camino que nos transforma.
Pienso entonces que estas reflexiones nos permiten responder a la pregunta que nos hicimos al principio: ¿cómo aprendo a orar, como crezco en mi oración? Mirando el modelo que Jesús nos enseñó, el Padre Nuestro, vemos que la primera palabra es "Padre" y la segunda es "nuestro". La respuesta, entonces, es clara: aprendo a orar, alimento mi oración, dirigiéndome a Dios como Padre y orando-con-otros, orando con la Iglesia, aceptando el regalo de sus palabras, que me resultan poco a poco familiares y ricas de sentido. El diálogo que Dios establece con cada uno de nosotros, y nosotros con Él, en la oración incluye siempre un "con"; no se puede orar a Dios de modo individualista.
En la oración litúrgica, especialmente en la Eucaristía, y --formados de la liturgia--, en cada oración no hablamos solo como individuos, sino que entramos en el "nosotros" de la Iglesia que ora. Y tenemos que transformar nuestro "yo" entrando en este "nosotros".
Me gustaría recordar otro aspecto importante. En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: "En la liturgia de la Nueva Alianza toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, es un encuentro entre Cristo y la Iglesia" (n. 1097); por lo que es el "Cristo total", toda la Comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza, el que celebra.
La liturgia no es, pues, una especie de “auto-manifestación” de una comunidad, sino que es la salida del simple “ser uno mismo”, ser cerrado en sí mismo, y entrar en el gran banquete, entrar en la gran comunidad viviente, en la que Dios mismo nos alimenta. La liturgia implica universalidad y este carácter universal debe entrar una y otra vez en el conocimiento de todos.
La liturgia cristiana es el culto del templo universal que es Cristo Resucitado, cuyos brazos están extendidos en la cruz para atraer a todos en el abrazo del amor eterno de Dios.
Es el culto a cielo abierto. No es nunca el solo evento de una comunidad única, con su ubicación en el tiempo y en el espacio. Es importante que todo cristiano se sienta y sea realmente insertado en este “nosotros” universal, que brinda la base y el refugio al “yo”, en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
En esto debemos tener presente y aceptar la lógica de la encarnación de Dios: Él se ha hecho cercano, presente, entrando en la historia y en la naturaleza humana, convirtiéndose en uno de nosotros. Y esta presencia continúa en la Iglesia, su Cuerpo. La liturgia no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino que es la presencia viva del Misterio Pascual de Cristo que trasciende y une a todos los tiempos y espacios.
Si en la celebración no emerge la centralidad de Cristo, no tendremos liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora. Dios actúa a través de Cristo y nosotros no podemos hacerlo si no es a través de él y en Él.
Cada día debe crecer en nosotros la convicción de que la liturgia no es nuestra, un "hacer" mío, sino que es la acción de Dios en nosotros y con nosotros.
Por lo tanto, no es el individuo --sacerdote o laico--, o el grupo que celebra la liturgia, sino que es sobre todo la acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su propia historia, su rica tradición y creatividad. Esta universalidad y apertura fundamental, que es característica de toda la liturgia, es una de las razones por las que esta no puede ser creada o modificada por la misma comunidad o por los expertos, sino que debe ser fiel a las formas de la Iglesia universal.
Incluso en la liturgia de la comunidad más pequeña, siempre está presente toda la Iglesia. Por esta razón no hay “extranjeros” en la comunidad litúrgica. En cada celebración litúrgica participa junta toda la Iglesia, cielo y tierra, Dios y los hombres. La liturgia cristiana, aún si se celebra en un lugar y en un espacio concreto y expresa el "sí" de una comunidad particular, es de por sí católica, viene del todo y conduce al todo, en unión con el Papa, con los obispos, con los creyentes de todos los tiempos y de todos los lugares. Cuanto más animada está una celebración por esta conciencia, tanto más fructífero es en ella el sentido auténtico de la liturgia.
Queridos amigos, la Iglesia se hace visible en muchos aspectos: en el trabajo caritativo, en proyectos misioneros, en el apostolado personal que cada cristiano debe realizar en su entorno. Pero el lugar donde se vive plenamente como Iglesia es la liturgia: esta es el acto por el que creemos que Dios entra en nuestra realidad y le podemos encontrar, le podemos tocar. Es el acto por el que entramos en contacto con Dios: Él viene a nosotros, y nosotros somos iluminados por Él. Por lo tanto, cuando en las reflexiones sobre la liturgia centramos nuestra atención solo en cómo hacerla atractiva, interesante, hermosa, corremos el riesgo de olvidar lo esencial: la liturgia se celebra por Dios y no por nosotros mismos; es obra suya; es Él el sujeto; y nosotros debemos abrirnos a Él y dejarnos guiar por Él y por su Cuerpo que es la Iglesia.
Pidamos al Señor aprender cada día a vivir la sagrada liturgia, especialmente la Celebración eucaristíca, rezando en el “nosotros” de la Iglesia, que dirige su mirada no hacia sí misma, sino a Dios, y sintiéndonos parte de la Iglesia viviente de todos los lugares y de todos los tiempos. Gracias.
Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.
©Librería Editorial Vaticana

jueves, 27 de diciembre de 2012

Formación Litúrgica en la Escuela de Benedicto XVI (II)



Padre Pedro Fernández, OP

1.  Una cuestión introductoria: ¿qué es la Liturgia?

 Comenzamos afrontando una cuestión previa, la emergencia educativa en el campo litúrgico, advirtiendo que la misma celebración litúrgica es en sí misma formativa o deformativa. La ciencia litúrgica ha pasado por las fases jurídica, histórica, teológica y simbólico-pastoral, que actualmente es preciso englobar y ponderar, en orden a obtener el modelo epistemológico (Parte de la filosofía que trata de los fundamentos y los métodos del conocimiento científico)  adecuado de la ciencia litúrgica. Entrar en este mundo complejo o pluridisciplinar, donde la historia y el derecho proporcionan los datos, la teología los analiza y la pastoral los aplica, es un presupuesto para una adecuada formación litúrgica[1]. Además, la historia del movimiento litúrgico anterior al Concilio Vaticano II estuvo guiado por el principio de la espiritualidad litúrgica, mientras que después del Concilio este principio en la teoría y en la práctica se ha olvidado. En este contexto es triste constatar que se ha cumplido la frase del pedagogo Romano Guardini, cuando escribía: “éste es hoy el compromiso: la formación litúrgica; si no se realiza,  la reforma de los ritos y de los textos no significará mucho”[2]. Por eso, si queremos superar la actual degradación litúrgica hay que reconocer la emergencia de la formación litúrgica, advirtiendo que las asambleas cultuales  informan siempre, pero no siempre forman.

La liturgia es “obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo que es la Iglesia”[3]. Dios actúa por medio de Cristo en la liturgia el misterio pascual de su muerte y resurrección, y nosotros, Iglesia, celebramos la liturgia sólo en Cristo, palabra hecha carne; ésta es la esencia y el sentido del culto litúrgico de adoración a Dios[4], obra de toda la creación mediante la Iglesia, que indica el estilo de la celebración y, por ello, ayuda a discernir lo bueno y lo malo en la Liturgia. J. Ratzinger explica el significado revelado del pueblo elegido que sale de Egipto para sacrificar a Dios en el desierto, mostrando que el culto implica acoger la alianza y vivir en conformidad con ella; el culto santo no se puede separar de la vida santa[5]. La Liturgia se transmite por herencia; es fruto de un don que cambia graciosa y laboriosamente la vida y supera el peligro de considerar la propia conciencia, no siempre recta, como regla de la verdad y del bien. La buena celebración atrae al hombre entero mediante el rito que lo eleva a Cristo. El culto divino aparta al hombre del mal y lo eleva con el afecto a Dios, despertando en él la verdadera devoción[6]. Veamos ahora cómo han de ser los ritos para que despiertan la devoción, es decir, entremos en las entrañas materiales y formales de la Liturgia mediante la  formación litúrgica, que nos dice qué es y que es algo bueno.

El primer paso previo en una formación litúrgica es recuperar el símbolo en la celebración litúrgica, advirtiendo que el símbolo litúrgico no sustituye al concepto teológico, sino que lo enriquece y vivifica a modo de metáfora, por ejemplo, poder decir que Jesús es el Cordero degollado y al mismo tiempo León de Judá, ilumina la Cristología, pero no la sustituye. Pero el tratamiento es distinto, es decir, el concepto se analiza; el símbolo o se realiza bien y tiene poder o se realiza mal y nace ya muerto. Y sobre todo, el símbolo, significante, tiene dos niveles de significado y de percepción: el primer significado es evidente y se capta por la razón; el segundo trasciende a la razón y se percibe sólo por la fe, por ejemplo, el pan consagrado sobre el altar. El futuro de la Liturgia está en manos de quienes sepan ofrecer a los demás las verdaderas razones del celebrar.

Ahora bien, el símbolo litúrgico es, primero, un símbolo vivo, pues algunos símbolos tienen una vida temporal y mueren. En consecuencia, es necesario analizar los símbolos utilizados en el culto litúrgico para advertir los signos permanentes y los símbolos ya caducados, sin olvidar que el símbolo puede estar muerto, no sólo porque en sí ha perdido la capacidad de significar una realidad sagrada, sino también porque quien lo realiza no pone en ello vida y sobre todo fe. La auténtica educación litúrgica no consiste sólo en entender y practicar adecuadamente los gestos externos, sino sobre todo en entender su significado creyente y recibir la gracia que transmiten. No todo se puede traducir, explicar y entender en la liturgia; en ella sobre todo se cree.

Segundo, el símbolo litúrgico es un símbolo sagrado, por eso se habla de sagrada Liturgia, como antes de hablaba de culto divino; pero en un mundo desacralizado se corre el riesgo de perder el sentido de lo sagrado o del misterio. “En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”[7]. Cuando la Iglesia distingue lo sagrado de lo profano e intenta recuperar el sentido sagrado de la Liturgia, no atenta contra la creatividad legítima, sino preserva la necesaria identidad, que es la santidad del culto, es decir, el culto recibido de Dios y no fabricado por el hombre, que debe aparecer así no sólo en sí, sino también en quienes lo celebran y en los ritos con los que se celebra.

Tercero, el primado en el símbolo litúrgico está en la palabra, que proclama lo dicho y hecho por Dios; pero se trata de una palabra de Dios, que nunca es totalmente visible y comprensible; es decir, el verdadero culto no se puede acomodar a nuestro modo de ser, sino que nos impulsa a elevarnos hasta el modo de ser de Dios; con otras palabras, el culto glorifica a Dios y no permite reducirlo a una satisfacción personal o comunitaria de quienes danzan en torno a un altar. Pero la simple palabra no basta; es preciso que el hombre nuevo dé plenitud a la palabra, por ejemplo, mediante el canto nuevo y las demás manifestaciones artísticas, que son siempre en la Liturgia de algún modo esplendor de la verdad expresada por la palabra, metáfora de las realidades sobrenaturales, asumiendo la correspondencia entre verdad y belleza, entre religión y arte[8].

Cuarto, el rito por principio es algo fijado, no sujeto a la manipulación subjetiva. “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia”[9]. “La obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal”[10]. La recuperación del ius divium nos ayuda a celebrar la Liturgia como algo verdadero, apoyando la armonía entre la forma y el contenido; sin embargo, hoy se ha perdido el equilibrio entre forma y fondo, entre libertad y disciplina[11].  De hecho, “el más grave impedimento para una apropiación pacífica de la renovada forma litúrgica consiste en la impresión que la liturgia esté ahora abandonada a la propia invención”[12].

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[1] Cf. M. SODI, “Metodo teologico e lex orandi. La teologia liturgica fra tradizione e innovazione”: Il metodo teologico. Tradizione, innovazione, communione in Cristo. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano 2008, pp. 202-227. P. PRÉTOT, “Comprendre la liturgie: Tâche, but et responsabilitè de la science liturgique à l´aube du 3 millénnaire”: Liturgie verstehen. Ansatz, ziele und Aufgaben der Liturgiewissenschaft. Hrg. M. Klöckener – B. Kranemann – A. A. Häussling. Academic Press. Freiburg i. Br. 2008, pp. 103-127.

[2] R. GUARDINI, “Lettera sull´atto di culto e il compito attuale della formazione liturgica”. Humanitas 20 (1965) 88; cf. La formazione liturgica. A cura di A. Grillo. Atti della Settimana Liturgica, 2005. Edizioni Liturgiche. Roma 2006.

[3] CONCILIO VATICANO II, Constitutio Sacrosanctum Concilium, nº 7: AAS 56(1964) 101.

[4] Cf. PÍO XII, Enciclica Mediator Dei , n. 20: AAS 39 (1947) 528-529; A. STRUMIA, La doctrina di Tommaso d´Aquino sulla religuone. Un´analisi sistematica a partire dalla ricognizione dei testi. Tesi Dottorale. Fac. Theol. Univ. Santa Croce. Roma 2006.

[5] Cf. J. RATZINGER, Introduzione allo spirito della liturgia. San Paolo. Cinisello Balsamo 2001, pp. 16-17.

[6] S. TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae, II-II, 91, 1 c. et 2 ad 1m.

[7] CONCILIO VATICANO II, Constitutio Sacrosanctum Concilium, nº 7: AAS 56(1964) 101.

[8] Cf. E. M. RADAELLI, Ingresso alla belleza. Fede e Cultura. Verona 2007.

[9] CONCILIO VATICANO II, Constitutio Sacrosanctum Concilium, nº  22 &3: AAS 56 (1964) 106.

[10] JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia (17-IV-2003), n. 52: AAS 95 (2003) 468.

[11] Cf. R. J. FALONIER, “Aspectos canónicos de la Instrucción Redemptionis sacramentum”. Apollinaris 78 (2005) 737-763; L. GIRARDI, “Dal ritus servandus ai Praenotanda: i libri liturgici e la formazione de chi presiede”. Rivista Liturgica 94 (2007) 209-226; M. DEL POZZO, “Dal diritto liturgico alla dimensione giuridica delle cose sacre: una proposta di metodo, di contenuto e di comunicazione interdisciplinare”. Ius Ecclesiae 19 (2007) 589-608; “Il ruolo e la portata del fattore giuridico nell´insegnamento contemporaneo della scienza liturgica. Riserve e prospettive di revissione”. Annales Theologici 22 (2008) 79-102; C. CIBIEN, “Le langage non verbal dans le Nouveau Missale Romanum: ars celebrandi ou ritus servandus”. La Maison Dieu 256 (2008) 55-89; J. D. GANDÍA BARBER, “El derecho sacramental a los 25 años de promulgación del CIC”. Apollinaris 81 (2008) 923-971; D. G. ASTIGUETA, “La intención del ministro y la consagración sacrílega”. Periodica de Re Canonica 98 (2009) 33-80.

[12] J. RATZINGER- BENEDETTO XVI, Davanti al protagonista. Alle radici della liturgia. Cantagalli. Sena 2009, p. 93, final nota 8.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

“Del Ars Celebrandi a la Actuosa Participatio”: Educación Litúrgica en la Escuela de Benedicto XVI (I)



Pdre. Pedro Fernandez, OP

INTRODUCCION

La educación litúrgica en la escuela de Benedicto XVI obliga, al menos, a plantearnos las siguientes cuestiones: la última reforma litúrgica y la ley de la continuidad; la consideración de la última reforma litúrgica como un hecho inconcluso; la naturaleza teologal del culto litúrgico católico; y, finalmente, el paso del ars celebrandi a la actuosa participatio. Evidentemente, las respuestas a estos interrogantes se sitúan en el gran dilema que subyace en el catolicismo actual, a saber, si en el magisterio anterior y posterior al Vaticano II hay continuidad o ruptura y si la reforma litúrgica ha sido una reforma en la continuidad o en la ruptura. La Liturgia sigue siendo, pues, una cuestión polémica y en la Iglesia existe una división latente en las maneras de pensar y de celebrar la liturgia y de vivir la fe. Nos encontramos, pues, ante un argumento que precisa equilibrio en su tratamiento y mucha paciencia cuando se desciende al diálogo, sin miedo a descubrir un  posible lado oscuro en la reforma litúrgica. “El hecho que la reforma litúrgica todavía hoy sea objeto de valoraciones opuestas, debiera aconsejar prudencia; de todos modos para una verificación objetiva se necesitará tiempo y la visita de los archivos” (1).

La cuestión general ahora planteada es reflexionar si de hecho la reforma litúrgica no se convirtió a veces, como dicen algunos, en una reforma litúrgica radical o una verdadera revolución litúrgica. O dicho con más suavidad, queremos saber si en la reforma litúrgica postconciliar se siguió el espíritu del Concilio –así llamado- más que la letra del Concilio, pues lo que ahora se discute no es tanto la doctrina conciliar de la Constitución Sacrosanctum Concilium, donde tan presente está la doctrina de Pío XII, sino la reforma litúrgica postconciliar. En fin, el problema no es el Concilio, sino su interpretación; no es el texto conciliar, sino las reformas posteriores.



En fin, quizá estas reflexiones expliquen indirectamente el por qué del Motu Proprio Summorum Pontificum (7-VII-2007), cuya evidente finalidad no fue una superficial vuelta a la misa en latín, sino más bien, según las mismas palabras del Papa Benedicto XVI “lograr la reconciliación interna dentro de la Iglesia” (2). En fin, queremos esclarecer la naturaleza teologal del culto cristiano, que es ejercicio del sacerdocio de Jesucristo, y su adecuada celebración, que es profesión de fe en la esperanza y en el amor, pasando así del ars celebrandi a la actuosa participatio. Soy consciente que, quizá, mis palabras molesten a algún colega liturgista. Sólo pido reflexión y diálogo, pues también uno tiene la obligación de ser fiel a la propia conciencia. De todos modos, sabemos que no se puede entrar  en un argumento litúrgico relacionado con la última reforma litúrgica sin el firme propósito de practicar la virtud de la paciencia, con la condición previa de dejarnos llevar por la verdad objetiva y no por la pasión subjetiva.

Fuente: http://lexorandies.blogspot.it/

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(1) N. BUX, La riforma di Benedetto XVI. La Liturgia tra innovazione e tradizione. Piemme. Casale Monferrato (Al) 2008, p. 52.

(2) BENEDICTO XVI, Carta apostólica acerca del Motu proprio Summorum Pontificum (7-VII-2007): AAS 99 (2007) 797.

martes, 25 de diciembre de 2012

Homilía de Benedicto XVI de la Santa Misa de Nochebuena de la Solemnidad de la Navidad

Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más, como siempre, la belleza de este Evangelio nos llega al corazón: una belleza que es esplendor de la verdad. Nuevamente nos conmueve que Dios se haya hecho niño, para que podamos amarlo, para que nos atrevamos a amarlo, y, como niño, se pone confiadamente en nuestras manos. Dice algo así: Sé que mi esplendor te asusta, que ante mi grandeza tratas de afianzarte tú mismo. Pues bien, vengo por tanto a ti como niño, para que puedas acogerme y amarme.

Nuevamente me llega al corazón esa palabra del evangelista, dicha casi de pasada, de que no había lugar para ellos en la posada. Surge inevitablemente la pregunta sobre qué pasaría si María y José llamaran a mi puerta. ¿Habría lugar para ellos? Y después nos percatamos de que esta noticia aparentemente casual de la falta de sitio en la posada, que lleva a la Sagrada Familia al establo, es profundizada en su esencia por el evangelista Juan cuando escribe: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron» (Jn 1,11).

Así que la gran cuestión moral de lo que sucede entre nosotros a propósito de los prófugos, los refugiados, los emigrantes, alcanza un sentido más fundamental aún: ¿Tenemos un puesto para Dios cuando él trata de entrar en nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos? Y así se comienza porque no tenemos tiempo para él. Cuanto más rápidamente nos movemos, cuanto más eficaces son los medios que nos permiten ahorrar tiempo, menos tiempo nos queda disponible.

¿Y Dios? Lo que se refiere a él, nunca parece urgente. Nuestro tiempo ya está completamente ocupado. Pero la cuestión va todavía más a fondo. ¿Tiene Dios realmente un lugar en nuestro pensamiento? La metodología de nuestro pensar está planteada de tal manera que, en el fondo, él no debe existir. Aunque parece llamar a la puerta de nuestro pensamiento, debe ser rechazado con algún razonamiento. Para que se sea considerado serio, el pensamiento debe estar configurado de manera que la «hipótesis Dios» sea superflua. No hay sitio para él.

Tampoco hay lugar para él en nuestros sentimientos y deseos. Nosotros nos queremos a nosotros mismos, queremos las cosas tangibles, la felicidad que se pueda experimentar, el éxito de nuestros proyectos personales y de nuestras intenciones. Estamos completamente «llenos» de nosotros mismos, de modo que ya no queda espacio alguno para Dios. Y, por eso, tampoco queda espacio para los otros, para los niños, los pobres, los extranjeros.

A partir de la sencilla palabra sobre la falta de sitio en la posada, podemos darnos cuenta de lo necesaria que es la exhortación de san Pablo: «Transformaos por la renovación de la mente» (Rm 12,2). Pablo habla de renovación, de abrir nuestro intelecto (nous); habla, en general, del modo en que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos. La conversión que necesitamos debe llegar verdaderamente hasta las profundidades de nuestra relación con la realidad.

Roguemos al Señor para que estemos vigilantes ante su presencia, para que oigamos cómo él llama, de manera callada pero insistente, a la puerta de nuestro ser y de nuestro querer. Oremos para que se cree en nuestro interior un espacio para él. Y para que, de este modo, podamos reconocerlo también en aquellos a través de los cuales se dirige a nosotros: en los niños, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y los pobres de este mundo.

En el relato de la Navidad hay también una segunda palabra sobre la que quisiera reflexionar con vosotros: el himno de alabanza que los ángeles entonan después del mensaje sobre el Salvador recién nacido: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace».

Dios es glorioso. Dios es luz pura, esplendor de la verdad y del amor. Él es bueno. Es el verdadero bien, el bien por excelencia. Los ángeles que lo rodean transmiten en primer lugar simplemente la alegría de percibir la gloria de Dios. Su canto es una irradiación de la alegría que los inunda. En sus palabras oímos, por decirlo así, algo de los sonidos melodiosos del cielo.

En ellas no se supone ninguna pregunta sobre el porqué, aparece simplemente el hecho de estar llenos de la felicidad que proviene de advertir el puro esplendor de la verdad y del amor de Dios. Queremos dejarnos embargar de esta alegría: existe la verdad. Existe la pura bondad. Existe la luz pura. Dios es bueno y él es el poder supremo por encima de todos los poderes. En esta noche, deberíamos simplemente alegrarnos de este hecho, junto con los ángeles y los pastores.

Con la gloria de Dios en las alturas, se relaciona la paz en la tierra a los hombres. Donde no se da gloria a Dios, donde se le olvida o incluso se le niega, tampoco hay paz. Hoy, sin embargo, corrientes de pensamiento muy difundidas sostienen lo contrario: la religión, en particular el monoteísmo, sería la causa de la violencia y de las guerras en el mundo; sería preciso liberar antes a la humanidad de la religión para que se estableciera después la paz; el monoteísmo, la fe en el único Dios, sería prepotencia, motivo de intolerancia, puesto que por su naturaleza quisiera imponerse a todos con la pretensión de la única verdad. Es cierto que el monoteísmo ha servido en la historia como pretexto para la intolerancia y la violencia.

Es verdad que una religión puede enfermar y llegar así a oponerse a su naturaleza más profunda, cuando el hombre piensa que debe tomar en sus manos la causa de Dios, haciendo así de Dios su propiedad privada. Debemos estar atentos contra esta distorsión de lo sagrado.

Si es incontestable un cierto uso indebido de la religión en la historia, no es verdad, sin embargo, que el «no» a Dios restablecería la paz. Si la luz de Dios se apaga, se extingue también la dignidad divina del hombre. Entonces, ya no es la imagen de Dios, que debemos honrar en cada uno, en el débil, el extranjero, el pobre. Entonces ya no somos todos hermanos y hermanas, hijos del único Padre que, a partir del Padre, están relacionados mutuamente. Qué géneros de violencia arrogante aparecen entonces, y cómo el hombre desprecia y aplasta al hombre, lo hemos visto en toda su crueldad el siglo pasado.

Sólo cuando la luz de Dios brilla sobre el hombre y en el hombre, sólo cuando cada hombre es querido, conocido y amado por Dios, sólo entonces, por miserable que sea su situación, su dignidad es inviolable.

En la Noche Santa, Dios mismo se ha hecho hombre, como había anunciado el profeta Isaías: el niño nacido aquí es «Emmanuel», Dios con nosotros (cf. Is 7,14). Y, en el transcurso de todos estos siglos, no se han dado ciertamente sólo casos de uso indebido de la religión, sino que la fe en ese Dios que se ha hecho hombre ha provocado siempre de nuevo fuerzas de reconciliación y de bondad. En la oscuridad del pecado y de la violencia, esta fe ha insertado un rayo luminoso de paz y de bondad que sigue brillando.

Así pues, Cristo es nuestra paz, y ha anunciado la paz a los de lejos y a los de cerca (cf. Ef 2,14.17). Cómo dejar de implorarlo en esta hora: Sí, Señor, anúncianos también hoy la paz, a los de cerca y a los de lejos. Haz que, también hoy, de las espadas se forjen arados (cf. Is 2,4), que en lugar de armamento para la guerra lleguen ayudas para los que sufren. Ilumina la personas que se creen en el deber aplicar la violencia en tu nombre, para que aprendan a comprender lo absurdo de la violencia y a reconocer tu verdadero rostro. Ayúdanos a ser hombres «en los que te complaces», hombres conformes a tu imagen y, así, hombres de paz.

Apenas se alejaron los ángeles, los pastores se decían unos a otros: Vamos, pasemos allá, a Belén, y veamos esta palabra que se ha cumplido por nosotros (cf. Lc 2,15). Los pastores se apresuraron en su camino hacia Belén, nos dice el evangelista (cf. 2,16). Una santa curiosidad los impulsaba a ver en un pesebre a este niño, que el ángel había dicho que era el Salvador, el Cristo, el Señor. La gran alegría, a la que también el ángel se había referido, había entrado en su corazón y les daba alas.

Vayamos allá, a Belén, dice hoy la liturgia de la Iglesia. Trans-eamus traduce la Biblia latina: «atravesar», ir al otro lado, atreverse a dar el paso que va más allá, la «travesía» con la que salimos de nuestros hábitos de pensamiento y de vida, y sobrepasamos el mundo puramente material para llegar a lo esencial, al más allá, hacia el Dios que, por su parte, ha venido acá, hacia nosotros. Pidamos al Señor que nos dé la capacidad de superar nuestros límites, nuestro mundo; que nos ayude a encontrarlo, especialmente en el momento en el que él mismo, en la Sagrada Eucaristía, se pone en nuestras manos y en nuestro corazón.

Vayamos allá, a Belén. Con estas palabras que nos decimos unos a otros, al igual que los pastores, no debemos pensar sólo en la gran travesía hacia el Dios vivo, sino también en la ciudad concreta de Belén, en todos los lugares donde el Señor vivió, trabajó y sufrió. Pidamos en esta hora por quienes hoy viven y sufren allí. Oremos para que allí reine la paz. Oremos para que israelíes y palestinos puedan llevar una vida en la paz del único Dios y en libertad. Pidamos también por los países circunstantes, por el Líbano, Siria, Irak, y así sucesivamente, de modo que en ellos se asiente la paz. Que los cristianos en aquellos países donde ha tenido origen nuestra fe puedan conservar su morada; que cristianos y musulmanes construyan juntos sus países en la paz de Dios.

Los pastores se apresuraron. Les movía una santa curiosidad y una santa alegría. Tal vez es muy raro entre nosotros que nos apresuremos por las cosas de Dios.Hoy, Dios no forma parte de las realidades urgentes. Las cosas de Dios, así decimos y pensamos, pueden esperar. Y, sin embargo, él es la realidad más importante, el Único que, en definitiva, importa realmente.

¿Por qué no deberíamos también nosotros dejarnos llevar por la curiosidad de ver más de cerca y conocer lo que Dios nos ha dicho? Pidámosle que la santa curiosidad y la santa alegría de los pastores nos inciten también hoy a nosotros, y vayamos pues con alegría allá, a Belén; hacia el Señor que también hoy viene de nuevo entre nosotros. Amén.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Sobre la reforma Conciliar de la liturgia

Texto del:
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI 
AL INSTITUTO LITÚRGICO PONTIFICIO SAN ANSELMO

Sala Clementina
Viernes 6 de mayo de 2011


...
La liturgia de la Iglesia va más allá de la misma «reforma conciliar» (cf. Sacrosanctum Concilium, 1), que, de hecho, no tenía como finalidad principal cambiar los ritos y los textos, sino más bien renovar la mentalidad y poner en el centro de la vida cristiana y de la pastoral la celebración del misterio pascual de Cristo. 

Por desgracia, quizás también nosotros, pastores y expertos, tomamos la liturgia más como un objeto por reformar que como un sujeto capaz de renovar la vida cristiana, dado que «existe, en efecto, un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia (...) saca de la liturgia las fuerzas para la vida». 

Nos lo recuerda el beato Juan Pablo II en la Vicesimus quintus annus (n. 4), donde la liturgia se presenta como el corazón palpitante de toda actividad eclesial. Y el siervo de Dios Pablo VI, refiriéndose al culto de la Iglesia, con una expresión sintética afirmaba: «De la lex credendi pasamos a la lex orandi, y esta nos lleva a la lux operandi et vivendi» (Discurso en la ceremonia de la ofrenda de los cirios, 2 de febrero de 1970: L’Osservatore Romano, 8 de febrero de 1970, p. 4).


sábado, 22 de diciembre de 2012

Importantes clarificaciones de Ecclesia Dei




La Pontificia Comisión Ecclesia Dei ha respondido recientemente a algunas cuestiones importantes relativas a la aplicación del motu proprio Summorum Pontificum. Las preguntas fueron dirigidas por el moderador de los fieles adheridos a la Forma Extraordinaria de la diócesis de Rzeszów, Polonia. Las respuestas, no obstante, son de aplicación general. Presentamos el sumario de las mismas realizado por el blog The New Liturgical Movement.
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1. Si no hay otra posibilidad, debido por ejemplo a que en todas las iglesias de una diócesis las liturgias del Triduo Sacro están ya siendo celebradas en la Forma Ordianria, las liturgias del Triduo Sacro pueden ser adicionalmente celebradas en la Forma Extraordinaria en la misma iglesia en la que ya son celebradas en la Forma Ordinaria, si lo permite el ordinario local.

2. Una Misa en el Usus antiquior puede reemplazar a una Misa programada regularmente en la Forma Ordinaria. La cuestión se plantea en el contexto de que, en muchas iglesias, las Misas dominicales están programadas más o menos continuamente, dejando libres solamente espacios muy inconvenientes de media tarde, pero esto es meramente el contexto, siendo que la cuestión propuesta es general. La respuesta deja el asunto al juicio prudente del párroco, y pone énfasis en el derecho de un grupo estable a asistir a la Misa en la Forma Extraordinaria.

3. Un párroco puede programar una Misa pública en la Forma Extraordinaria por propia iniciativa (sin el pedido de un grupo de fieles) para el beneficio de los fieles, incluso de aquellos que no están familiarizados con el Usus antiquior. La respuesta de la Comisión aquí es idéntica al nº 2.

4. El calendario, las lecturas o los prefacios del Missale Romanum de 1970 no pueden sustituir a las del Missale Romanum de 1962 en las Misas en la Forma Extraordinaria.

5. Mientras que las lecturas litúrgicas (Epístola y Evangelio) tienen que ser leídas por el sacerdote (o diácono/subdiácono) como preven las rúbricas, puede ser leída después, también por un laico, una traducción al vernáculo.

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Fuente: The New Liturgical Movement

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

martes, 18 de diciembre de 2012

Obedecer


D. Roberto Visier Cabezudo
Sacerdote y miembro del Instituto Secular “Servi Trinitatis”.


            No puedo entender por qué entre católicos se tenga que polemizar tanto sobre concilios. Me cuesta trabajo comprender cómo se pueda aceptar un concilio y rechazar otro: “Es que éste es dogmático y el otro pastoral, aquello es teología dogmática y lo otro es moral, es un falso concilio, …” Quizás nos tocará profundizar algún día sobre la evolución del dogma, o sobre la comprensión de los dogmas en la historia de la Iglesia, de los matices o grados de autoridad del magisterio ordinario y extraordinario, pero yo creo que la cuestión de fondo es la obediencia.

Obedecer, ¡Qué palabra, qué verbo, qué virtud! Ojalá fuera tan fácil vivirlo como escribirlo. Obedecer está en la cima de la virtud cristiana. Cierto, es la caridad la cumbre de todas las virtudes pero el que no sabe obedecer no sabe amar. He aquí otro de los grandes síntomas de la crisis de la Iglesia: los desobedientes se cuentas por millones. ¿Cuántos católicos viven la doctrina social de la Iglesia? Una cosa es la fe y otra los negocios, dicen. ¿Cuántos católicos viven la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad, los anticonceptivos, la familia? Los hijos los tengo que criar yo, no el Papa, objetan. ¿Cuántos católicos están pendientes de las enseñanzas de sus obispos y sobre todo del Santo Padre? Poquísimos.

            Pero procuremos llegar a la raíz del problema. ¿Cuántos sacerdotes enseñan la doctrina moral de la Iglesia? Pocos. Y si no la enseñan es porque ni ellos mismos la aceptan o porque no les parece importante, o porque es muy “incómodo” decir lo que resulta “incomodo” para los demás, porque al final nos hacemos “incómodos” para los fieles. A fin de cuentas ese es uno de los dogmas de la postmodernidad: “lo importante es la comodidad, el bienestar”. ¿Por qué los sacerdotes no enseñan la fe católica? Muchas veces porque así se lo han enseñado en el seminario o porque el obispo cojea del mismo pie; quiero decir que tampoco se ocupa de que su presbiterio conozca la fe de la Iglesia. Así que, entre unos y otros, la casa sin barrer. Entiéndase la casa del Señor.

            A veces, incluso los sacerdotes que desean obedecer a la Iglesia no acaban de obedecer en todo, porque siempre se encuentra un atajo para llegar a donde queremos y saltarnos esa norma que no me cae bien: las misas plurintencionales, ese requisito, aquel otro. Todos entendemos que la norma es para el hombre y no el hombre para la norma, que puede haber excepciones; obedecer siempre y en todo es muy difícil, lo que no quiere decir que no estemos llamados a hacerlo.

            Y es que la obediencia es el único camino para construir la unidad de la Iglesia, que es esencial, es nota distintiva. Cristo fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz, aprendió sufriendo a obedecer, vino para hacer la voluntad de su Padre. Éste era su alimento cotidiano, llevar a cabo la misión que había recibido. No obedecemos a la Madre Iglesia porque no la consideramos nuestra madre, porque no creemos en la luz del Espíritu que la guía. Nos falta vida espiritual, decíamos, y por tanto nos falta fe: en Cristo y en la Iglesia que ha fundado.

            Mas la raíz más profunda de la desobediencia es la soberbia, el “seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal”. Ese querer decidir yo, no perder un átomo de mi libertad; y no nos damos cuenta de que el único ser verdaderamente libre es Dios y que la obediencia nos pone en tal sintonía con él, que nos hará plenamente libres también a nosotros, en esta vida en alguna medida y en la eterna plenamente libres. “Quiero obediencia y no sacrificios” dice el Señor al rey Saul. La obediencia, a fin de cuentas demuestra nuestra conciencia de ser criaturas, es un camino de humildad que conduce a pasos agigantados a la santidad.

            Tanto los que denigran el concilio de Trento, como los que no quieren aceptar el Vaticano II adolecen de falta de humildad, están demasiado apegados a sus criterios, “saben tanto” y están tan cargados de razones que piensan que pueden contradecir al Papa. No dudo de su intención y de su deseo de agradar a Dios, pero el único criterio seguro para permanecer en la ortodoxia es la obediencia y fidelidad al Papa como legítimo sucesor de S. Pedro.

lunes, 17 de diciembre de 2012

CARTA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS SEMINARISTAS





Queridos seminaristas:

En diciembre de 1944, cuando me llamaron al servicio militar, el comandante de la compañía nos preguntó a cada uno qué queríamos ser en el futuro. Respondí que quería ser sacerdote católico. El subteniente replicó: Entonces tiene usted que buscarse otra cosa. En la nueva Alemania ya no hay necesidad de curas. Yo sabía que esta “nueva Alemania” estaba llegando a su fin y, que después de las devastaciones tan enormes que aquella locura había traído al País, habría más que nunca necesidad de sacerdotes. Hoy la situación es completamente distinta. Pero también ahora hay mucha gente que, de una u otra forma, piensa que el sacerdocio católico no es una “profesión” con futuro, sino que pertenece más bien al pasado. Vosotros, queridos amigos, habéis decidido entrar en el seminario y, por tanto, os habéis puesto en camino hacia el ministerio sacerdotal en la Iglesia católica, en contra de estas objeciones y opiniones. Habéis hecho bien. Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos reúne en la Iglesia universal, para aprender con Él y por medio de Él la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera. Donde el hombre ya no percibe a Dios, la vida se queda vacía; todo es insuficiente. El hombre busca después refugio en el alcohol o en la violencia, que cada vez amenaza más a la juventud. Dios está vivo. Nos ha creado y, por tanto, nos conoce a todos. Es tan grande que tiene tiempo para nuestras pequeñas cosas: “Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados”. Dios está vivo, y necesita hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás. Sí, tiene sentido ser sacerdote: el mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre.

El seminario es una comunidad en camino hacia el servicio sacerdotal. Con esto, ya he dicho algo muy importante: no se llega a ser sacerdote solo. Hace falta la “comunidad de discípulos”, el grupo de los que quieren servir a la Iglesia de todos. Con esta carta quisiera poner de relieve -mirando también hacia atrás, a mis días en el seminario- algunos elementos importantes para estos años en los que os encontráis en camino.

1. Quien quiera ser sacerdote debe ser sobre todo un “hombre de Dios”, como lo describe san Pablo (1 Tm 6,11). Para nosotros, Dios no es una hipótesis lejana, no es un desconocido que se ha retirado después del “big bang”. Dios se ha manifestado en Jesucristo. En el rostro de Jesucristo vemos el rostro de Dios. En sus palabras escuchamos al mismo Dios que nos habla. Por eso, lo más importante en el camino hacia el sacerdocio, y durante toda la vida sacerdotal, es la relación personal con Dios en Jesucristo. El sacerdote no es el administrador de una asociación, que intenta mantenerla e incrementar el número de sus miembros. Es el mensajero de Dios entre los hombres. Quiere llevarlos a Dios, y que así crezca la comunión entre ellos. Por esto, queridos amigos, es tan importante que aprendáis a vivir en contacto permanente con Dios. Cuando el Señor dice: “Orad en todo momento”, lógicamente no nos está pidiendo que recitemos continuamente oraciones, sino que nunca perdamos el trato interior con Dios. Ejercitarse en este trato es el sentido de nuestra oración.  Por esto es importante que el día se inicie y concluya con la oración. Que escuchemos a Dios en la lectura de la Escritura. Que le contemos nuestros deseos y esperanzas, nuestras alegrías y sufrimientos, nuestros errores y nuestra gratitud por todo lo bueno y bello, y que de esta manera esté siempre ante nuestros ojos como punto de referencia en nuestra vida. Así nos hacemos más sensibles a nuestros errores y aprendemos a esforzarnos por mejorar; pero, además, nos hacemos más sensibles a todo lo hermoso y bueno que recibimos cada día como si fuera algo obvio, y crece nuestra gratitud. Y con la gratitud aumenta la alegría porque Dios está cerca de nosotros y podemos servirlo.

2. Para nosotros, Dios no es sólo una palabra. En los sacramentos, Él se nos da en persona, a través de realidades corporales. La Eucaristía es el centro de nuestra relación con Dios y de la configuración de nuestra vida. Celebrarla con participación interior y encontrar de esta manera a Cristo en persona, debe ser el centro de cada una de nuestras jornadas. San Cipriano ha interpretado la petición del Evangelio: “Danos hoy nuestro pan de cada día”, diciendo, entre otras cosas, que “nuestro” pan, el pan que como cristianos recibimos en la Iglesia, es el mismo Señor Sacramentado. En la petición del Padrenuestro pedimos, por tanto, que Él nos dé cada día este pan “nuestro”; que éste sea siempre el alimento de nuestra vida. Que Cristo resucitado, que se nos da en la Eucaristía, modele de verdad toda nuestra vida con el esplendor de su amor divino. Para celebrar bien la Eucaristía, es necesario también que aprendamos a conocer, entender y amar la liturgia de la Iglesia en su expresión concreta. En la liturgia rezamos con los fieles de todos los tiempos: pasado, presente y futuro se suman a un único y gran coro de oración. Por mi experiencia personal puedo afirmar que es entusiasmante aprender a entender poco a poco cómo todo esto ha ido creciendo, cuánta experiencia de fe hay en la estructura de la liturgia de la Misa, cuántas generaciones con su oración la han ido formando.

3. También es importante el sacramento de la Penitencia. Me enseña a mirarme con los ojos de Dios, y me obliga a ser honesto conmigo mismo. Me lleva a la humildad. El Cura de Ars dijo en una ocasión: Pensáis que no tiene sentido recibir la absolución hoy, sabiendo que mañana cometeréis nuevamente los mismos pecados. Pero -nos dice- Dios mismo olvida en ese momento los pecados de mañana, para daros su gracia hoy. Aunque tengamos que combatir continuamente los mismos errores, es importante luchar contra el ofuscamiento del alma y la indiferencia que se resigna ante el hecho de que somos así. Es importante mantenerse en camino, sin ser escrupulosos, teniendo conciencia agradecida de que Dios siempre está dispuesto al perdón. Pero también sin la indiferencia, que nos hace abandonar la lucha por la santidad y la superación. Cuando recibo el perdón, aprendo también a perdonar a los demás. Reconociendo mi miseria, llego también a ser más tolerante y comprensivo con las debilidades del prójimo.

4. Sabed apreciar también la piedad popular, que es diferente en las diversas culturas, pero que a fin de cuentas es también muy parecida, pues el corazón del hombre después de todo es el mismo. Es cierto que la piedad popular puede derivar hacia lo irracional y quizás también quedarse en lo externo. Sin embargo, excluirla es completamente erróneo. A través de ella, la fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos, costumbres, sentir y vivir común. Por eso, la piedad popular es un gran patrimonio de la Iglesia. La fe se ha hecho carne y sangre. Ciertamente, la piedad popular tiene siempre que purificarse y apuntar al centro, pero merece todo nuestro aprecio, y hace que nosotros mismos nos integremos plenamente en el “Pueblo de Dios”.

5. El tiempo en el seminario es también, y sobre todo, tiempo de estudio. La fe cristiana tiene una dimensión racional e intelectual esencial. Sin esta dimensión no sería ella misma. Pablo habla de un “modelo de doctrina”, a la que fuimos entregados en el bautismo (Rm 6,17). Todos conocéis las palabras de san Pedro, consideradas por los teólogos medievales como justificación de una teología racional y elaborada científicamente: “Estad siempre prontos para dar razón (logos) de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 P 3,15). Una de las tareas principales de los años de seminario es capacitaros para dar dichas razones. Os ruego encarecidamente: Estudiad con tesón. Aprovechad los años de estudio. No os arrepentiréis. Es verdad que a veces las materias de estudio parecen muy lejanas de la vida cristiana real y de la atención pastoral. Sin embargo, es un gran error plantear de entrada la cuestión en clave pragmática: ¿Me servirá esto para el futuro? ¿Me será de utilidad práctica, pastoral? Desde luego no se trata solamente de aprender las cosas meramente prácticas, sino de conocer y comprender la estructura interna de la fe en su totalidad, de manera que se convierta en una respuesta a las preguntas de los hombres, que aunque aparentemente cambian en cada generación, en el fondo son las mismas. Por eso, es importante ir más allá de las cuestiones coyunturales para captar cuáles son precisamente las verdaderas preguntas y poder entender también así las respuestas como auténticas repuestas. Es importante conocer a fondo la Sagrada Escritura en su totalidad, en su unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento: la formación de los textos, su peculiaridad literaria, la composición gradual de los mismos hasta formar el canon de los libros sagrados, la unidad de su dinámica interna que no se aprecia a primera vista, pero que es la única que da sentido pleno a cada uno de los textos. Es importante conocer a los Padres y los grandes Concilios, en los que la Iglesia ha asimilado, reflexionando y creyendo, las afirmaciones esenciales de la Escritura. Podría continuar en este sentido: llamamos dogmática a la comprensión de cada uno de los contenidos de la fe en su unidad, o mejor, en su simplicidad última: cada detalle particular, en definitiva, desarrolla la fe en el único Dios, que se manifestó y que sigue manifestándose. No es necesario que diga expresamente lo necesario que es estudiar las cuestiones esenciales de la teología moral y de la doctrina social de la Iglesia. Es evidente la importancia que tiene hoy la teología ecuménica, conocer las diversas comunidades cristianas; es igualmente necesario una orientación fundamental sobre las grandes religiones y, sobre todo, la filosofía: la comprensión de la búsqueda y de las preguntas del hombre, a las que la fe quiere dar respuesta. Pero también aprended a comprender y -me atrevo a decir- a amar el derecho canónico por su necesidad intrínseca y por su aplicación práctica: una sociedad sin derecho sería una sociedad carente de derechos. El derecho es una condición del amor. Prefiero no continuar enumerando más cosas, pero sí deseo deciros una vez más: amad el estudio de la teología y continuadlo con especial sensibilidad, para anclar la teología en la comunidad viva de la Iglesia que, con su autoridad, no es un polo opuesto a la ciencia teológica, sino su presupuesto. Sin la Iglesia que cree, la teología deja de ser ella misma y se convierte en un conjunto de disciplinas diversas sin unidad interior.

6. Los años de seminario deben ser también un periodo de maduración humana. Para el sacerdote, que deberá acompañar a otros en el camino de la vida y hasta el momento de la muerte, es importante que haya conseguido un equilibrio justo entre corazón y mente, razón y sentimiento, cuerpo y alma, y que sea humanamente “íntegro”. La tradición cristiana siempre ha unido las “virtudes teologales” con las “virtudes cardinales”, que brotan de la experiencia humana y de la filosofía, y ha tenido en cuenta la sana tradición ética de la humanidad. Pablo dice a los Filipenses de manera muy clara: “Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (4,8). En este contexto, se sitúa también la integración de la sexualidad en el conjunto de la personalidad. La sexualidad es un don del Creador, pero también una tarea que tiene que ver con el desarrollo del ser humano. Cuando no se integra en la persona, la sexualidad se convierte en algo banal y destructivo. En nuestra sociedad actual se ven muchos ejemplos de esto. Recientemente, hemos constatado con gran dolor que algunos sacerdotes han desfigurado su ministerio al abusar sexualmente de niños y jóvenes. En lugar de llevar a las personas a una madurez humana y ser un ejemplo para ellos, han provocado con sus abusos un daño que nos causa profundo dolor y disgusto. Debido a todo esto, muchos podrán preguntarse, quizás también vosotros, si vale la pena ser sacerdote; si es sensato encaminar la vida por el celibato. Sin embargo, estos abusos, que son absolutamente reprobables, no pueden desacreditar la misión sacerdotal, que conserva toda su grandeza y dignidad. Gracias a Dios, todos conocemos sacerdotes convincentes, forjados por su fe, que dan testimonio de cómo en este estado, en la vida celibataria, se puede vivir una humanidad auténtica, pura y madura. Pero lo que ha ocurrido, nos debe hacer más vigilantes y atentos, examinándonos cuidadosamente a nosotros mismos, delante de Dios, en el camino hacia el sacerdocio, para ver si es ésta su voluntad para mí. Es tarea de los confesores y de vuestros superiores acompañaros y ayudaros en este proceso de discernimiento. Un elemento esencial de vuestro camino es practicar las virtudes humanas fundamentales, con la mirada puesta en Dios manifestado en Cristo, dejándonos purificar por Él continuamente.

7. En la actualidad, los comienzos de la vocación sacerdotal son más variados y diversos que en el pasado. Con frecuencia, se toma la decisión por el sacerdocio en el ejercicio de alguna profesión secular. A menudo, surge en las comunidades, especialmente en los movimientos, que propician un encuentro comunitario con Cristo y con su Iglesia, una experiencia espiritual y la alegría en el servicio de la fe. La decisión también madura en encuentros totalmente personales con la grandeza y la miseria del ser humano. De este modo, los candidatos al sacerdocio proceden con frecuencia de ámbitos espirituales completamente diversos. Puede que sea difícil reconocer los elementos comunes del futuro enviado y de su itinerario espiritual. Precisamente, por eso, el seminario es importante como comunidad en camino por encima de las diversas formas de espiritualidad. Los movimientos son una cosa magnífica. Sabéis bien cuánto los aprecio y quiero como don del Espíritu Santo a la Iglesia. Sin embargo, se han de valorar según su apertura a la común realidad católica, a la vida de la única y común Iglesia de Cristo, que en su diversidad es, en definitiva, una sola. El seminario es el periodo en el que uno aprende con los otros y de los otros. En la convivencia, quizás a veces difícil, debéis asimilar la generosidad y la tolerancia, no simplemente soportándoos mutuamente, sino enriqueciéndoos unos a otros, de modo que cada uno pueda aportar sus cualidades particulares al conjunto, mientras todos servís a la misma Iglesia, al mismo Señor. Ser escuela de tolerancia, más aún, de aceptarse y comprenderse en la unidad del Cuerpo de Cristo, es otro elemento importante de los años de seminario.
Queridos seminaristas, con estas líneas he querido mostraros lo mucho que pienso en vosotros, especialmente en estos tiempos difíciles, y lo cerca que os tengo en la oración. Rezad también por mí, para que pueda desempeñar bien mi servicio, hasta que el Señor quiera. Confío vuestro camino de preparación al sacerdocio a la maternal protección de María Santísima, cuya casa fue escuela de bien y de gracia. A todos os bendiga Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Vaticano, 18 de octubre de 2010, Fiesta de San Lucas, evangelista.

Vuestro en el Señor
BENEDICTUS PP. XVI

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