jueves, 21 de noviembre de 2013

El amor católico a la ley «qué gran cosa es todo lo que está ordenado por la Iglesia»




La alergia luterana a la ley



"Puede decirse que, en el siglo XVI, es Lutero quien introduce en la Iglesia el odio a la ley, tanto en los teólogos, como en el pueblo que se sujeta a su influjo. Según su doctrina, existe entre la Ley religiosa y el Evangelio de Cristo  un abismo infranqueable, pues justamente «para que fuésemos libres, Cristo nos libró de la maldición de la ley» (Gál 3,13). La Ley es judía, pertenece al Antiguo Testamento, y nada puede hacer para salvarnos. El Evangelio, en cambio, es la gracia, que nos libera del pecado por la pura fe en Jesús. Hay entre Ley y Espíritu un antagnosmo irreconciliable: sencillamente, donde está operante la constricción externa de la Ley, está ausente la acción interior del Espíritu. En efecto, la Ley espera la salvación del cumplimiento de unas ciertas obras por ella prescritas, y hace que el hombre ponga en éstas su esperanza; pero la salvación no es por las obras, sino puramente por la fe en Cristo Salvador: es decir, por pura gracia. 


Por tanto, la ley eclesial -en cualquiera de sus formas: normas eclesiásticas, generalmente conciliares , que regulen la vida del clero o de los laicos, o Reglas religiosas de vida perfecta- es algo abominable, es una judaización del cristianismo, una falsificación perversa del mismo."


El amor católico a la ley

"El error consiste muchas veces en no conciliar extremos aparentemente contrapuestos. Lutero, ante los binomios gracia/libertad, fe/obras, justicia/misericordia, etc., renuncia a un extremo, y afirma sólamente el otro. Y concretamente, como hemos visto, en el tema ley/gracia, él suprime la ley y afirma la gracia. Pero la verdad de Dios se halla en el misterio de la Iglesia Católica, que, enseñada siempre por el Espíritu Santo, afirma juntamente gracia-libertad, fe-obras, justicia-misericordia, ley-espíritu. Ella sabe, en cuanto al tema que nos ocupa, que Cristo no ha venido «para abrogar la Ley, sino para consumarla» (Mt 5,17). Y por eso da a sus hijos ley y gracia: no les da sólo ley, pero tampoco sola gratia.

La Iglesia, efectivamente, desde sus primeros Concilios, ha sido siempre consciente del poder que Cristo le ha dado de «atar y desatar» (Mt 16,19; 18,18), y ha reconocido, como dice el Vaticano II, que tiene «el sagrado derecho, y ante Dios el deber, de legislar sobre sus súbditos» (LG 27a). Ella sabe muy bien que no hay contraposición entre ley y gracia, pues la ley eclesial es una gracia del Señor: es un camino, que Dios ofrece, para que por él anden sus hijos, bajo la moción de la gracia, con más seguridad, facilidad y prontitud. Y de igual modo, siempre la Iglesia católica, lo mismo en Oriente que en Occidente, ha prestado una indudable veneración hacia las Reglas de vida religiosa, viendo en ellas verdaderos caminos de perfección, y las ha bendecido, reconociendo así con su autoridad que quien ajusta a ellas su vida llegará ciertamente a la santidad.

Procede en esto la Iglesia como una madre en la educación de sus hijos. Una madre, por ejemplo, que quiere inculcar en su hijo la higiene, procura transmitirle el espíritu de la limpieza, que cuendo el niño es muy pequeño no está en condiciones de entender. Por eso la madre, no espera a que su hijo tenga el espíritu de la higiene para que entonces se lave por espontáneo impulso, sino que desde el primer momento, antes incluso de que el niño posea ese espíritu, le obliga a cumplir ciertas leyes familiares de higiene. Y el hijo, sujetándose a las prácticas de higiene exigidas por esas normas familiares, va creciendo en el espíritu higiénico. Así llega un tiempo en el que la madre no tiene ya que recordarle al hijo las normas externas de la higiene, pues él mismo, ya humanamente crecido, se lava por la interior exigencia de su espíritu.

De modo semejante, la Santa Madre Iglesia Católica educa a sus hijos dándoles juntamente espíritu y ley, al menos en algunas cuestiones más fundamentales -la misa dominical, la confesión y comunión anual, las penitencias cuaresmales, etc.-. En el precepto eclesiástico de la misa dominical, por ejemplo, se educa a los cristianos para que vivan de la Eucaristía, dándoles no sólamente espíritu (catequesis, predicación, ejemplo, etc.), sino también ley (obligación de la misa dominical: Código c.1246-1247) (Documentos del Magisterio de la Iglesia). 

De este modo, así como San Pablo dice de los judíos que «la Ley fue nuestro pedagogo para llevarnos a Cristo» (Gál 3,24), así también para los cristianos cumple la ley una función pedagógica, que conduce a la plenitud del Espíritu. En efecto, en el pleno crecimiento espiritual, ya el cristiano sólo se mueve por amor, y no por ley: ya «para el justo no hay ley». Pero advirtamos que, precisamente, sólo la ley es cumplida con perfección cuando el cristiano vive ya de la plenitud del Espíritu. Su vida va entonces mucho más allá de las obras prescritas por la ley. El que posee plenamente, por ejemplo, el espíritu de la Eucaristía, no va a misa sólamente los domingos -la ley siempre exige únicamente mínimos vitales-, sino todos los días que puede.


Según esto, la función de la ley va teniendo una importancia cada vez menor en las diversas edades espirituales del cristiano. Pero recordemos aquí que todos los santos, es decir, los cristianos más crecidos en el Espíritu, han dado siempre ejemplo de amor y veneración por las leyes y cánones de la Iglesia -«qué gran cosa es todo lo que está ordenado por la Iglesia», decía Santa Teresa (Vida 31,4)-, y tratándose de santos religiosos, como en seguida veremos, han guardado observancia fidelísima de la Regla de su orden, y han encarecido su obediencia con todo entusiasmo. Y nunca han planteado enfrentamientos esquizoides entre ley y gracia, entre ley y amor, entre norma y Espíritu, pues han entendido que precisamente la fidelidad a las normas va conduciendo hacia la plenitud del Espíritu."


Fragmentos Tomados y ALTAMENTE recomendados de

JOSE MARIA IRABURU     
Caminos laicales de perfección 
(4. Reglas de vida)

http://www.gratisdate.org/fr-textos.htm

Si te interesa, baja el libro: http://www.gratisdate.org/nuevas/caminos/Caminos.pdf

No intenta seriamente la perfección evangélica aquellos cristianos que no se sujetan a una cierta disciplina.




"...Cuando un cristiano busca la santidad en la vida laical, no deja el mundo, pues sigue teniendo familia, casa y trabajos. No suele tener en esa búsqueda de la santidad compañeros de marcha (comprometidos de igual manera), ni tampoco un camino ya trazado por el que avanzar, sino que muchas veces ha de ir adelante como un explorador que se abre camino en la selva con su machete. En cualquier momento puede sufrir y sufre graves tentaciones, acometidas violentas de alguna fiera o continuos ataques de mosquitos capaces de enfermarle con su picadura... ¿Cómo podrá avanzar, en tales circunstancias, hacia la perfección evangélica, es decir, hasta el perfecto amor de Dios y del prójimo? Que podrá avanzar es algo cierto, pues está eficazmente llamado por Dios a la perfecta santidad. ¿Pero cómo podrá hacerlo? ¿Cómo actuará en él la gracia del Salvador?...


Cuando un hombre pretende algo con verdadero interés —estudiar una carrera, aprender un idioma, ejercitarse en un deporte, sacar adelante un oficio o una profesión laboral, etc.—, en seguida sujeta su vida a regla en esa dirección: adquiere y ordena los medios que sean necesarios, organiza un horario, asegurando bien la protección diaria de ciertos tiempos, y se fija un calendario, de tal modo que su empeño cobre así estabilidad y constancia, y no se vea abandonado a las ganas personales, tan cambiantes, o a las circunstancias exteriores, más cambiantes todavía. De otro modo, es evidente, no saldrá adelante con su intento. Una persona, por ejemplo, que quiera aprender a tocar la guitarra, y en ratos sueltos, cuando no tiene otra cosa que hacer o cuando le viene en gana, se entretiene en rasguear sus cuerdas, nunca aprenderá a tocar decentemente ese instrumento. Para ello habría de dedicarse con más constancia y regularidad.



Pues bien, la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona y la eleva. Sin duda «es Dios quien da el crecimiento» espiritual (1Cor 3,7), por medio de la gracia divina. Pero la acción de la gracia no prescinde de los modos propios de ejercitarse la naturaleza humana, sino que, por el contrario, los suscita, los perfecciona y eleva.



Hay gracias, ya lo sabemos, que Dios da al hombre en la vida mística al «modo divino», sin que éste colabore a ellas activamente, es decir, ejercitándose en ellas según sus modos naturales propios, con su pensamiento y voluntad. Pero en la fase ascética del camino de la perfección, que es en la que se halla la mayoría de los cristianos, el modo normal por el que Dios actúa en la persona es el «modo humano», en el que la gracia sobrenatural suscita la actividad del entendimiento (por la fe) y de la voluntad (por la caridad) en sus modos propios de ejercicio.



Según esto, no parece excesivo concluir que no pretenden seriamente la perfección evangélica aquellos cristianos que no se sujetan a una cierta disciplina, es decir, que no dan al intento de su voluntad la ayuda de un cierto plan o regla de vida."



"Por otra parte, al laico que tiende con fuerza hacia la santidad suelen afectarle muy especialmente las resistencias que, con frecuencia, halla «entre sus parientes y en su familia» (Mc 6,4), es decir, en «los de su propia casa» (Mt 10,36; +10,37; Miq 7,6; Lc 12,52-53; 18,29). Ellas constituyen las presiones hostiles más penosas y eficaces, pues si no las vence, con actitudes frecuentemente heroicas, no podrá ir adelante por el camino de Cristo."




Por eso, cuando algunos autores actuales intentan caracterizar la vida religiosa por el radicalismo de sus opciones evangélicas (J.M.R. Tillard, T. Matura, etc.), aunque haya parte de verdad en lo que dicen, no son en absoluto convincentes sus planteamientos. La radicalidad evangélica, que lleva a actitudes muchas veces heroicas, pertenece tanto a los laicos que buscan la perfección en el mundo, como a los religiosos que la buscan renunciando a él y consagrándose inmediatamente al Reino."


Fragmentos Tomados y ALTAMENTE recomendados de

JOSE MARIA IRABURU  
Caminos laicales de perfección
(4. Reglas de vida)

http://www.gratisdate.org/fr-textos.htm
Si te interesa, baja el libro: http://www.gratisdate.org/nuevas/caminos/Caminos.pdf

miércoles, 21 de agosto de 2013

¿Cómo influirá el Papa Francisco en la liturgia de la Iglesia católica?

El Papa Francisco puede ayudar a asimilar todo el pensamiento litúrgico del Vaticano II, tanto con su ejemplo como sus palabras, especialmente las que dirija a los obispos, afirma el director del Instituto Superior de Liturgia de Barcelona, Jaume González Padrós.

En la siguiente entrevista, González Padrós señala que la reforma litúrgica ya ha finalizado y ahora hay que profundizar todo lo dispuesto en el concilio.

También destaca la necesidad de una educación a la liturgia por parte de los bautizados para que puedan recibir todo el provecho espiritual en las celebraciones.

El instituto superior de liturgia que dirige el experto, el único de este tipo en lengua castellana y uno de los cuatro existentes en Europa (junto a los de París, Padua y Roma), organiza la 35ª edición de su curso de verano, que este año se celebrará del 1 al 5 de julio en la abadía de Montserrat con el tema “La liturgia: oración de la fe”.


Explicado breve y sencillamente: ¿qué es la liturgia?

La sagrada liturgia acerca hacia nosotros las obras redentoras que el Padre ha realizado por medio del Hijo encarnado, Jesucristo, en la fuerza siempre presente del Espíritu Santo.

Así, después de Pentecostés, los discípulos de Cristo podemos acoger la redención a través del contacto con la santa Humanidad del Hijo, y llenarnos de la gracia de la salvación.

No importa el lugar, el tiempo, la cultura o los méritos propios. Las acciones litúrgicas, por la obra del Santo Espíritu, nos recuerdan y hacen presente la redención de Cristo a través de sus palabras y acciones, y de forma eminente, por su muerte y resurrección.

Gracias a la sagrada liturgia los seres humanos podemos glorificar perfectamente a Dios en nuestra vida y recibimos el don más precioso, por el que fuimos creados: la divinización. Es por ello que el Vaticano II nos recuerda que la liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo.

¿Qué función tiene la liturgia en la nueva evangelización?

El pasado 22 de mayo el Instituto Superior de Liturgia de Barcelona organizó una Jornada de estudio para reflexionar sobre el rol que tiene la liturgia en la evangelización.

Los ponentes nos llevaron a la comprensión de que ella es cumbre y fuente de la obra evangelizadora, como de toda la vida cristiana, ya que toda acción apostólica se orienta a llevar a los hombres hacia la comunión trinitaria a través de los sacramentos en la santa Iglesia.

Y, a la vez, en este misterio de comunión, la liturgia aparece como la fuente indispensable y necesaria de todas las gracias, de toda la fuerza eclesial para vivir una vida de fe y caridad según el evangelio del Señor.

En esta sintonía, dos aspectos quedaron especialmente clarificados en la Jornada: celebrar en fidelidad a los libros litúrgicos vigentes, en una serena y humilde eclesialidad, es una gran fuente de evangelización para quienes participan en las acciones sacramentales, y en segundo lugar que, en las celebraciones exequiales, hay un gran potencial evangelizador, ya que en ellas se proclama el núcleo más decisivo de la fe, no sólo con palabras, sino también con los gestos rituales que inciden profundamente en la mente y el corazón del ser humano.

¿En qué punto se encuentra la reforma litúrgica, 50 años después de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium?

El beato Papa Juan Pablo II ya dijo que la reforma litúrgica se daba por finalizada. Los libros litúrgicos han sido publicados y ya no estamos en la misma situación que cincuenta años atrás.

Nuevas generaciones de sacerdotes y de fieles laicos han aparecido en la escena de la Iglesia y ellos ya no han conocido la liturgia anterior al Vaticano II.

No podemos -nos decía el papa- seguir hablando de reforma. Ahora se impone la profundización de todo lo dispuesto, ahora se impone vivir cada acción litúrgica como un momento privilegiado de espiritualidad específicamente cristiana.

Por desgracia, en estas cinco décadas, no todo ha sido fidelidad a la voluntad conciliar: inventos fantasiosos en lo más sagrado, nostalgias tradicionalistas excluyentes, etc.

Ello ha entorpecido la obra de reforma y fomento de la sagrada liturgia que quería el Vaticano II, así como lo manifestaron los papas Juan XXIII y Pablo VI.

Sin embargo, lo que es de Dios no puede ser vencido o anulado. Por ello, y con el auxilio precioso del ministerio petrino del gran Juan Pablo II y del no menos grande Benedicto XVI, muchos, especialmente las nuevas generaciones de sacerdotes y personas de vida consagrada, hemos comprendido la voluntad del Concilio en cuanto a la sagrada liturgia y estamos en
disposición de vivirlo, con la ayuda de la gracia del Señor.

¿Cómo cree que influirá el pontificado de Francisco en la liturgia de la Iglesia católica?

Desde principios del siglo XX con el llamado Movimiento Litúrgico, ha ido aumentando el conocimiento de la liturgia desde todas sus dimensiones: la teológica, la histórica, la pastoral, la espiritual.

El magisterio pontificio, antes y después del Vaticano II, y los mismos documentos conciliares, son de una profundidad magnífica en cuanto a contenido y comprensión de la liturgia.

Así mismo, los teólogos que, durante el siglo pasado y éste, se han dedicado a reflexionar sobre la sagrada liturgia como una realidad claramente teológica, han hecho –y están haciendo- una labor estupenda.

Estrictamente hablando, pues, no hay vacíos en doctrina ni en teología, entendida ampliamente, por lo que respecta a la liturgia, a día de hoy.

Lo que resulta necesario es, sí, estimular a la asimilación de todo este depósito de pensamiento litúrgico, para que se traduzca en las celebraciones sacramentales concretas y, realmente, llegue a ser, para todo bautizado, la fuente de su vida cristiana.

Creo, pues, que podemos esperar que el papa Francisco nos ayude a ello, estimulando y urgiendo esta asimilación de la que hablaba, tanto con su ejemplo –como han hecho todos sus predecesores- como con sus palabras, especialmente aquellas que pueda dirigir a los obispos de todo el mundo, los cuales son los primeros responsables de la vida litúrgica en sus Iglesias particulares.

¿Hay que hacer la liturgia más comprensible para las personas de hoy o son las personas las que deben prepararse para entenderla?

Uno de los propósitos del Concilio Vaticano II, al reformar los libros litúrgicos, fue el de eliminar barreras entre el santuario, allí donde ofician los ministros sagrados, y la asamblea, para que la participación no se viese obstaculizada por ritos complicados e innecesarios, y por palabras de difícil comprensión, ya sea a causa de la lengua o de los conceptos expresados.

Hay, pues, en la mente conciliar, una voluntad de simplificación, en aras, como hemos dicho, de una más directa participación.

Alguien afirma que, en esta querida simplicidad, se puede entrever una cierta ingenuidad e, incluso, temeridad, a causa, quizás, de un conocimiento insuficiente de la misma antropología, ya que el rito es una realidad humana que no está al alcance de todos para ser dominado o alterado; sus raíces son demasiado profundas en el corazón y la mente humana.

Con la perspectiva que da el paso del tiempo, algunos artífices de la reforma incluso llegaron a preguntarse si no se habían cambiado demasiadas cosas sobre la mesa de un despacho; quizás faltó trabajo de campo.

No obstante, a pesar de la simplificación actuada, ahora nos damos cuenta de que sigue siendo necesaria una formación, una educación a la liturgia por parte de los bautizados, para que todo el lenguaje de la sagrada liturgia, tanto el verbal como el no verbal, sea un universo lleno de sentido para los fieles y puedan moverse en él con provecho espiritual.

No ha sido suficiente eliminar ritos prescindibles e introducir la lengua vernácula. Todo ello ha ayudado no poco, pero, como decimos, sigue siendo vigente la necesidad de que las personas se preparen para una participación consciente y activa.

El Vaticano II afirma que la dedicación a hacer eso posible es «una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios», es decir, de los ministros sagrados (cf. SC 19).

Hacer la liturgia a nuestro tamaño nos haría cada vez más pequeños e insignificantes espiritualmente; sería un camino decadente.


Lo único que realmente tiene nobleza y futuro, ajustado a la dignidad de la persona humana, es que nos ayudemos unos a otros para llegar a la altura donde la sagrada liturgia nos ofrece la comunión con el Dios tres veces Santo.  

http://www.aleteia.org/es/religion/entrevistas/como-influira-el-papa-francisco-en-la-liturgia-de-la-iglesia-catolica-1905003

Francisco, sobre la Liturgia y sobre Mons. Marini: “Valorar la tradición y que conviva con la novedad”

El vaticanista Sandro Magister, en este artículo publicado en su blog, cuya traducción ahora ofrecemos, ofrece algunos comentarios que el Papa Francisco ha realizado a obispos italianos, durante su visita ad limina, sobre la relación con la liturgia, también la tradicional, así como sobre su Maestro de las celebraciones litúrgicas, a quien ha decidido mantener en el oficio, pese a sugerencias de sustituirlo que el Papa recibió al comienzo de su pontificado. 

   Entre los obispos italianos que se han encontrado con Francisco en visita ad limina, los de la región de Puglia han sido los más locuaces al referir cosas que el Papa les ha dicho. No ha sido sólo la “revelación” – en parte contradicha por el padre Federico Lombardi – del obispo de Molfetta, Luigi Martella, sobre las dos encíclicas en proceso: la primera, sobre la fe, firmada por el Papa actual pero escrita por el predecesor, que la estaría terminando en su morada actual; y la segunda, sobre la pobreza, preparada completamente por el Papa reinante. 

 Ha habido también indiscreciones referentes a la liturgia. Comenzando por el arzobispo de Bari, Francesco Cacucci, que ha declarado a Radio Vaticana que el Papa Francisco habría exhortado a los obispos a “vivir la relación con la liturgia con sencillez y sin superestructuras” Luego ha sido el obispo de Conversano y Monopoli, Domenico Padovano, que ha contado a su clero que los obispos de la región se han lamentado con el Papa por la obra de división creada dentro de la Iglesia por los paladines de la Misa según el rito antiguo. ¿Y qué les ha respondido el Papa? Según lo referido por monseñor Padovano, Francisco los habría exhortado a vigilar sobre los extremismos de ciertos grupos tradicionalistas, pero también a atesorar la tradición y hacerla convivir en la Iglesia con la innovación. 

 Para explicar este último punto, el Papa habría puesto el propio ejemplo: “¿Lo ven? Dicen que mi maestro de ceremonias papales [Guido Marini] es de corte tradicionalista; y muchos, después de mi elección, me han invitado a relevarlo de su cargo y a sustituirlo. He respondido que no, precisamente para que yo mismo pueda beneficiarme de su preparación tradicional y al mismo tiempo él pueda aventajarse, del mismo modo, de mi formación más emancipada”. Si son auténticas, son palabras instructivas sobre el espíritu litúrgico y el estilo de celebración del actual Papa. Pero no es seguro que los obispos de Puglia las hayan interpretado. Otro de ellos, el de Cerignola y Ascoli Satriano, Felice di Molfetta, ex presidente de la Comisión de Liturgia de la CEI, en un mensaje a su diócesis ha escrito entre otras cosas: “No he dejado de alegrarme con el Papa por el estilo celebrativo que ha asumido; un estilo inspirado en la `noble sencillez´ sancionada por el Concilio, manifestando particular atención al tema y sobre el cual no han faltado de su parte consideraciones de alto perfil teológico-pastoral, compartidas por todos los obispos presentes. 

He disfrutado mucho por el diálogo, habiéndome ocupado toda una vida de la enseñanza de la teología litúrgica y sacramental, al captar el interés del Santo Padre por este aspecto vital del ministerio petrino, ejercido por él tanto en las celebraciones feriales en Santa Marta como en las solemnes en la Basílica Vaticana, como por ejemplo en la Canonización de los 800 mártires de Otranto: una celebración contenida en el tiempo y, al mismo tiempo, en su desarrollo ritual. El Papa Francisco, a la luz de ciertos fenómenos del pasado reciente en el que se han registrado en el plano litúrgico no pocas desviaciones, nos ha exhortado a los obispos, refiriéndonos también algunos ejemplos concretos, a vivir la relación con la acción litúrgica, en cuanto obra de Dios, como verdaderos creyentes, más allá de todo presuntuoso ceremonial, plenamente conscientes de que la `noble sencillez´ de que habla el Concilio no es descuido sino Belleza, belleza con la `B´ mayúscula”. Pero enrolar al Papa Francisco entre las filas de los progresistas también en campo litúrgico es, por lo menos, arriesgado. 

No parece, de hecho, en particular, que él haya sido hostil a la liberalización de la Misa en el rito antiguo, decidida por Benedicto XVI con el Motu proprio Summorum Pontificum del 2007. Mientras que ciertamente Mons. Di Molfetta fue ese año uno de los más combativos críticos de aquel Motu proprio, antes y después de su publicación. Juzgaba la Misa en el rito antiguo “incompatible” con la post-conciliar y trabajó, sin éxito, para que la CEI produjese una nota interpretativa – en sentido restrictivo – de la Summorum Pontificum. 


*** Fuente: Settimo Cielo 
 Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

jueves, 21 de febrero de 2013

Entrevista a Mons.Nicola Bux: la renuncia del Papa



Don Bux: “La renuncia puede entenderse como un acto de gobierno que nos hace pensar en las divisiones internas ”




Presentamos nuestra traducción de la entrevista que Asca ha realizado a Don Nicola Bux sobre el pontificado de Benedicto XVI, su decisión de renunciar al ministerio petrino y la elección del próximo Pontífice.
***
A pocos días de la renuncia del Papa Ratzinger, Asca ha pedido al sacerdote amigo de Benedicto XVI expresar su pensamiento personal. De la arquidiócesis de Bari, Nicola Bux ha estudiado y enseñado en Jerusalén y en Roma. Profesor de liturgia oriental y de teología de los sacramentos en la Facultad Teológica de Puglia, y consultor de la revista teológica internacional Communio, Benedicto XVI lo ha nombrado perito en el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía del 2005 y en el Sínodo sobre Medio Oriente cinco años después. Teólogo, de los más cercanos a Benedicto XVI sobre todo en materia litúrgica, Don Nicola Bux ha conocido a Joseph Ratzinger a mediados de los años ’80, cuando el actual Pontífice llegó a Roma desde Munich de Baviera para desarrollar el rol de Prefecto de Doctrina de la Fe. Cuenta Don Bux que “en aquel período he participado en los Ejercicios espirituales que Ratzinger predicaba a los sacerdotes de Comunión y Liberación”.
*
¿Qué es lo que más le ha impresionado de él, cuáles son las afinidades intelectuales y teológicas entre vosotros?

Me han impresionado el espíritu de fe y el realismo; su “realismo” en mirar la realidad de la Iglesia y la del mundo. Me han impresionado estas cosas y también su modo de afrontar los problemas de manera razonable y no emotiva, con un sentir que está bien lejos tanto del “optimismo romántico” – como lo define el mismo Benedicto XVI – como del catastrofismo. Que es el modo en que un hombre de fe debe afrontar la vida.
*
¿Cómo interpreta la decisión de la renuncia hecha por Benedicto XVI?

Sobre todo, para entender el gesto es necesario ponerse en una óptica de fe, no en una óptica mundana, que siempre tiende a contaminar también la Iglesia. Se han dado varias interpretaciones del gesto: desde la desacralización del papado hasta la revolución del poder eclesiástico, desde la democratización de la autoridad hasta la herida llevada al cuerpo eclesial, incluso intercambiando el pedido de perdón por sus defectos con la puesta en discusión de la infalibilidad pontificia… Pero las renuncias de Benedicto IX, Celestino V y Gregorio XII, ¿han producido todo esto? Ratzinger mismo ha profundizado en sus estudios que el primado petrino tiene una estructura martirológica: la responsabilidad del Obispo de Roma es absolutamente personal y no se puede diluir en la colegialidad episcopal, si bien interactúa siempre con ella. Es admirable la circunstancia del decreto de canonizaciones de los Mártires de Otranto.
*
¿La responsabilidad de la que habla está vinculada con la “conciencia” a la que el Papa ha hecho siempre referencia, especialmente en sus batallas contra el relativismo contemporáneo?

Sí. Responsabilidad entendida en este sentido como la respuesta personal al Señor. Existe un límite insuperable de la conciencia, y existe no sólo para los creyentes sino para todos los hombres. ¿Recuerda al Grillo Parlante? Pinocho podía fingir que no estaba y finalmente arrojarle martillazos, pero continuaba hablando. Benedicto XVI ha profundizado este tema también refiriéndose al “Elogio de la conciencia” del Beato John Henry Newman, que en la carta al Duque de Norfolk propone un brindis por la conciencia y por el Papa. El ministerio petrino, a fin de cuentas, es la emergencia última del apelo a la conciencia de cada hombre.
En el discurso en latín pronunciado para anunciar al mundo su decisión, el Santo Padre dice claramente: “he examinado repetidamente mi conciencia ante Dios”. Respecto al relativismo contemporáneo que reduce la conciencia a hacer lo que se quiere, para nosotros está la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso. Es la voz de Dios. El único baluarte para preservar la dignidad del hombre en la relación con el mundo.
*
El Papa se ha interrogado mucho y, por lo tanto, con gran sufrimiento espiritual. ¿Por eso usted habla de “estructura martirológica del primado petrino”?

Sí. El ministerio petrino tiene en sí una estructura martirológica que permite interrogarse continuamente, a conciencia, si aquello que se es y que se hace es adecuado a aquello que es inherente al ministerio de Romano Pontífice. Tal trabajo cotidiano puede convertirse en martirio. Éste es verdadero “martirio”. Seamos claros: la tarea de interrogarse es de todo ser humano. También el padre de familia debe preguntarse a sí mismo si se comporta adecuadamente por el bien de sus seres queridos. ¡Imagínese lo que quiere decir esto para un Sucesor de Pedro! Y luego hay algo de lo que es necesario darse cuenta…
*
¿Qué?

Creo firmemente que aquello que cuenta en el realismo de este Papa es el no considerar como propiedad personal el ministerio, sino entenderlo como “servicio” al que ha sido llamado, para el cual se considera “siervo inútil” tal como ha dicho Jesús. Lo que importa es la sucesión apostólica siempre garantizada por el Espíritu Santo. El Papa, todo Papa, es un “anillo” en la “cadena” de la sucesión apostólica, desde Pedro hasta el final de los tiempos, cuando volverá el Señor. Teniendo presente esto, entonces se comprende muy bien que el Señor vela constantemente sobre la sucesión.
*
El Papa es anciano, sus condiciones físicas están probadas. ¿Cuánto pueden haber incidido en la opción realizada?

Han incidido. Es cierto que el bienestar físico nunca ha sido un criterio de gobierno de la Iglesia. Nos lo ha mostrado Juan Pablo II. Pero con la pérdida de la salud disminuyen las capacidades de gobierno de la Iglesia que, aún siendo tarea del Papa, tendrían que ser ejercidas por otros cercanos a él. Si el Santo Padre hubiera razonado de este modo, habría disminuido aquel realismo del que siempre ha sido capaz.

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¿Usted quiere decir que el interrogar a la propia conciencia frente a Dios ha sido un modo de preguntarse si y cuánto fuese capaz de gobernar todavía la Iglesia de manera adecuada, sobre todo respecto al relativismo que Benedicto XVI ha combatido?

El relativismo ha generado una gran confusión, también en la Iglesia a nivel de doctrina y de pastoral. En mi opinión, la renuncia del Papa podría ser entendida como un acto de gobierno, una invitación a reflexionar sobre las divisiones, como mencionó en la homilía del Miércoles de Cenizas, y sobre la confusión provocada por ideas no católicas en la teología. Ha hecho, se diría, un paso atrás. Un paso atrás realizado para que la Iglesia pueda hacer dos pasos adelante.
*
En pocas palabras, ha pensado en el bien de la Iglesia, como por otro lado ha dicho el lunes pasado, y no en sí mismo.

Permanecer escondido para el mundo, como el Señor después de la Ascensión, es el modo para estar todavía más presente en la Iglesia. Él es y seguirá siendo Benedicto XVI en la historia de la Iglesia, aun habiendo renunciado a ejercer el munus hasta la muerte.
*
Muchos, comenzando por personas cercanas a Karol Wojtyla, han leído esta renuncia como un “bajarse de la Cruz”.

¿Usted ha visto la foto que ha dado vueltas por el mundo? ¿La de la cúpula de San Pedro con el rayo? Se ha dicho incluso que aquello era un signo de cólera divina por el acto del Santo Padre. ¿Y si se lo interpretase como un signo dirigido a todos nosotros? Así como el terremoto y la oscuridad sobre el Gólgota no estaban dirigidas al Hijo de Dios sino a los hombres que no lo habían reconocido como tal.
*
¿Qué entiende por reforma de la Iglesia?

El concepto de reforma no debe ser entendido en la acepción protestante, o bien política, sino en la etimológica de “volver a dar forma”, volver a poner en forma. Hoy esto quiere decir corregir en la Iglesia las deformaciones de la liturgia que, como el Santo Padre ha observado varias veces, han llegado al límite de lo soportable; lo mismo a nivel moral… Y, en este sentido, el gesto del Papa es un acto de eficaz advertencia.
*
¿Qué quiere decir gobernar hoy la Iglesia?

Quiere decir superar las divisiones internas provocadas sobre todo por los conflictos, incluso virulentos, sobre interpretaciones post-conciliares del Vaticano II. Benedicto XVI ha lanzado mensajes precisos en relación con la continuidad entre tradición e innovación, un mensaje que no puede ser desatendido de ninguna manera. El llamado a los católicos es a cerrar filas para superar unilateralidades y sectarismos.
*
Benedicto XVI se ha esforzado mucho por la unidad de la Iglesia. Ha levantado la excomunión a la Fraternidad San Pío X, fundada por Monseñor Marcel Lefebvre, que sin embargo no ha sido readmitida plenamente en la Iglesia romana.

Es necesario continuar en este camino. También en esto el Santo Padre ha sido muy, muy paciente, en buscar la unidad: meta que se construye día a día. Ha sido y sigue siendo un ejemplo de caridad paciente hacia todos, como dice el Apóstol, y para el futuro Papa. Hasta que no se forme un solo rebaño bajo un solo pastor.
*
¿Quién piensa que puede ser su sucesor? ¿Será un Papa italiano? ¿Un africano?

No quiero hacer previsiones. Lo que es cierto es que, como el mismo Ratzinger ha indicado, será una persona dotada de energía para llevar adelante la barca de Pedro. Una energía no sólo física y psicológica sino espiritual que viene de la Fe. Yo creo que es poco importante preguntarse quién vendrá después de él. En el Cónclave siempre hay algo que va más allá de las previsiones humanas. Si los cardenales se dejan guiar por la fe, el Espíritu Santo hará la opción más adecuada. El Papa no es el “dueño” de la Iglesia sino aquel que en primera persona debe rendir cuentas a Jesucristo del bien de toda la Iglesia.
*
Está quien ha dicho que la renuncia del Pontífice ha sido un gesto de humildad.

Es necesario entender “humildad” en el sentido etimológico del término, que viene de humus, tierra. Humilde es aquel que está bien anclado en la tierra, en pocas palabras, un realista. Estamos todos llamados a ser humildes. En la fase final de muchos pontificados ha sido difundida la murmuración: el Papa ya no gobierna, lo hace su entorno… He aquí que cuando Benedicto XVI se ha dado cuenta de que ya no podía ejercer el ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia universal, ha renunciado en plena conciencia y libertad por el bien de la Iglesia católica.
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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

viernes, 15 de febrero de 2013

Namárië, meldo Benedicto!



Este post que expresa nuestro sentir ante la partida del Santo Padre Benedicto es un paréntesis en nuestra Buhardilla. Lo ponemos entre paréntesis porque queremos compartirlo especialmente con nuestros lectores tolkienianos. A quienes no lo son y deseen comprenderlo, les sugerimos que visiten a Tom Bombadil.

***
Y sí, duele. Duele y mucho. Porque bajo la égida de su anillo, en nuestra Tierra Media hubo, durante un tiempo, un lugar donde respirar mejor. No un lugar perfecto, sí un lugar donde las cosas crecían más sanas.


Y se va porque tenía que ser así. Se va porque El Que Escribe La Historia determinó en Su Sabiduría y Amor que entrásemos en otra “edad del sol”. Se va con el anillo, como no podía ser de otra forma. Ese anillo no podía caer en la batalla. Y se va, como se van los elfos y como se van los hobbits, y como hemos de irnos todos.



Pero su partida no es sólo eso. Su partida es el acto más luminoso (tan luminoso que ciega) de su magisterio.



Su partida es luminosa porque es un acto de confianza. Aquel sobre el que pesaba la mayor responsabilidad de todas, se va aparentemente sin tomar recaudos. Como Bilbo Bolsón, se va cantando: “El camino sigue y sigue, desde la puerta. El camino ha ido muy lejos, y que otros lo sigan si pueden”. Y su canto nos desconcertaría, si no reconociéramos que cada uno de nosotros tiene también su parte en la historia. En contadas ocasiones, incluso ayudamos a que las profecías se cumplan. Pero como Gandalf le explica al mismo Bilbo al final de su parte en la historia, cada uno de nosotros es “en última instancia, sólo un simple individuo en un mundo enorme”.



Su partida es luminosa porque él es Benito, el “olivo” que al fin (y sólo al fin) del recorrido, comprende a Escolástica. La noche del 10 de febrero en el Vaticano fue como la noche en que Benito no pudo volver a ocuparse de su misión, porque Escolástica lloró anhelando a Dios y al Cielo. No hay regla (monástica o petrina) más grande que la de amar a Dios. Y entonces nuestro héroe se retira, antes de irse, para cumplirla. Y al hacerlo nos vuelve a señalar lo esencial.



¿Y qué nos toca a nosotros, que hemos disfrutado del poder de su anillo? ¿Y a mí?



En primer lugar: seguir el camino, con pie “entusiasta” o “cansado”, según donde me encuentre.



En segundo lugar: confiar más que antes, mucho más que antes. Porque la responsabilidad mayor no hizo olvidar al más responsable que no todo depende de él. Entonces, que mis responsabilidades en la historia (pequeñas, pero lo suficientemente grandes como para pesar) no me hagan olvidar que también yo no soy más que “un simple individuo en un mundo enorme”.



Por último, en tercer lugar, guardar en el corazón la noche del 10 de febrero, la lluvia de esa noche, la voz de Escolástica y sus lágrimas, la gloria del olivo, la ley del amor.



Gracias, Santo Padre. De parte de los que han pertenecido más íntimamente a su compañía y por eso pronto han de partir en las naves grises. Y de parte de los que creemos que aún nos queda seguir dando vueltas por la Tierra Media, luchando para que sigan creciendo cosas bellas, hasta que Eru vuelva a levantarse de Su Trono.


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La Buhardilla de Jerónimo
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domingo, 3 de febrero de 2013

«Habéis visto el infierno, donde van los pobres pecadores…»



(Palabras de la Virgen en Fatima)

P. Carlos Miguel Buela

Por supuesto que el infierno no es así... es peor
La tercera aparición de Nuestra Señora a los pastorcitos (en Fátima) es tal vez la más importante, en cuanto al mensaje recibido de la Virgen. En ella se les confió un «secreto» que, según dice la misma Hermana Lucía, «consta de tres partes distintas»: las dos primeras partes fueron publicadas a su debido tiempo, con «licencia del Cielo», es decir, cuando Lucía supo que ya podían ser reveladas. Por mi parte, tengo la impresión de que también ahora la tercera parte del secreto ha sido dada a conocer a su debido tiempo, y «con licencia del Cielo». De hecho, Lucía ha tenido revelaciones posteriores a las seis apariciones, y se dice que aún sigue teniendo manifestaciones de Nuestra Señora, lo cual no sería nada de extrañar.

El «primer secreto» era la visión del infierno. Líneas más adelante me detendré a considerar la influencia de esta visión en los pastorcitos, y las consecuencias que podemos sacar de la misma el «segundo secreto» profetizaba la segunda guerra mundial, la desaparición de varias naciones, las persecuciones en Rusia a la Iglesia; habla también del martirio de los buenos, de los sufrimientos del Santo Padre, y de la conservación del dogma de la fe en Portugal –lo que muchos interpretan como una alusión a la apostasía de la fe en Europa–. Las palabras «En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe.», preceden inmediatamente al texto del «tercer secreto».


    Tercera aparición de Nuestra Señora: viernes 13 de julio de 1917.

El relato de todos los mensajes de Nuestra Señora, con la descripción minuciosa de las apariciones, y también de las circunstancias que vivían los pastorcitos al momento de las mismas, ha sido escrito por la Hermana Lucía, en varias Memorias a las cuales aquí me remito.

En la Memoria tercera, Lucía narra la aparición del 13 de julio:

«Momentos después de haber llegado a Cova da Iria, junto a la encina, entre una numerosa multitud del pueblo (unas 4.000 personas), estando rezando el rosario, vimos el resplandor de la acostumbrada luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

–¿Qué es lo que quiere de mí? –pregunté–

–Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, y que continuéis rezando el rosario todos los días en honra a Nuestra Señora del Rosario, con el fin de obtener la paz en el mundo y el final de la guerra porque sólo Ella puede conseguirlo.

Dije entonces:

–Quisiera pedirle nos dijera quién es, y que haga un milagro, para que todos crean que usted se nos aparece.

–Continuad viniendo aquí todos los meses. En Octubre diré quien soy, y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver para creer.

Aquí hice algunos pedidos que no recuerdo bien cuales fueron. Lo que recuerdo es que Nuestra Señora dijo que era preciso rezar el rosario para alcanzar las gracias durante el año. Y continuó:

–Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces y, en especial, siempre que hagáis algún sacrificio: ¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!

Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos como en los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego, y sumergidos en ese fuego los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debía ser a la vista de eso que dije un “ay” que dicen haber oído). 

Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:

–Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieren lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz: la guerra terminará, pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando viereis una noche alumbrada por una luz desconocida sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre, de la persecución a la Iglesia y al Santo Padre.

Para impedir eso, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieren a mis pedidos, Rusia se convertirá y habrá paz: si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia, los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas: por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe, etc. (Aquí comienza la tercera parte del secreto, escrita por Lucía entre el 22 de diciembre de 1943 y el 9 de enero de 1944). 

Esto no lo digáis a nadie. A Francisco si podéis decírselo.

–Cuando recéis el rosario, decid después de cada misterio: Oh, Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.

Siguió un instante de silencio y después pregunté:

–¿Usted no quiere de mí nada más?

–No, hoy no quiero nada más. Y como de costumbre comenzó a elevarse en dirección a Oriente hasta que desapareció en la inmensidad del firmamento».

2. Influencia de la visión del infierno en los pastorcitos

La influencia del mensaje de la Señora, incluido el llamado «secreto» entero, con sus tres partes, fue muy grande en los pastorcitos. Prefirieron la cárcel y aun la muerte, antes de revelarlo a las autoridades civiles que los forzaban a ello. De modo particular el «primer secreto» –es decir, de la visión del infierno–tuvo una mayor resonancia en la Beata Jacinta, la más pequeña de los tres videntes. Apenas tenía seis años cuando la Virgen le mostró el infierno. 

La misma Lucía destaca esto, haciendo una crítica muy interesante a aquellas personas, incluso gente piadosa, que no quiere que se hable del infierno a los niños. Basta prestar atención a lo que Lucía relata en sus Memorias para suponer la crítica que ella haría a todo lo que implica la «pastoral progresista» de nuestros días, que ni siquiera deja que se mencione el infierno a gente adulta. Por eso Lucía no tiene el menor reparo en contar lo siguiente, en las Memorias que escribe a pedido del obispo de Fátima:

«Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo: dije ya a V. Excelencia Reverendísima, en las anotaciones que le envié, una vez leído el libro “Jacinta”, que ella se impresionaba muchísimo con algunas de las cosas reveladas en el secreto. Ciertamente era así. Al tener la visión del infierno, se horrorizó de tal manera, que todas las penitencias y mortificaciones le parecían nada para salvar de allí a algunas almas. Bien; ahora respondo yo al segundo punto de su interrogación que, de muchos sitios, hasta aquí me han llegado.

¿Cómo es que Jacinta, siendo tan pequeñita, se dejó poseer y llegó a comprender tan gran espíritu de mortificación y penitencia?

Me parece a mí que fue debido: primero, a una gracia especialísima de la Madre que Dios, por medio del Inmaculado Corazón de María, le concedió; segundo, viendo el infierno y las desgracias de las almas que allí padecen. Algunas personas, incluso piadosas, no quieren hablar a los niños pequeños sobre el infierno, para no asustarlos; sin embargo Dios no dudó de mostrarlo a tres y una de ellas contando apenas seis años; y Él sabía que había de horrorizarse hasta el punto de, casi me atrevería a decirlo, morirse de susto. Con frecuencia se sentaba en el suelo o en alguna piedra y, pensativa, comenzaba a decir:

–¡El infierno! ¡El infierno! ¡Qué pena tengo de las almas que van al infierno! ¡Y las personas que, estando allí vivas, arden como leña en el fuego! Y, asustada, se ponía de rodillas, y con las manos juntas, rezaba las oraciones que Nuestra Señora le había enseñado:

–¡Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a aquellas que más lo necesitan!

Ahora, Exmo. y Rvmo. Señor Obispo, ya V. Excia. Rvma. comprenderá por qué a mí me daba la impresión de que las últimas palabras de esta oración, se referían a las almas que se encuentran en mayor peligro, o más inminente, de condenación. Y permanecía así, durante largo tiempo, de rodillas, repitiendo la misma oración. De vez en cuando me llamaba a mí o a su hermano (como si despertara de un sueño):

–Francisco, Francisco, ¿vosotros rezáis conmigo? Es preciso rezar mucho, para librar a las almas del infierno. ¡Van para allá tantas!, ¡tantas!

Otras veces preguntaba:

–¿Por qué Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? ¡Si ellos lo vieran, no pecarían para no ir allá! Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente (referíase a los que se encontraban en Cova da Iria en el momento de la aparición). Verás cómo se convierten.

Después, medio descontenta, me preguntaba:

–¿Por qué no dijiste a Nuestra Señora que mostrase el infierno a aquella gente?

–Lo olvidé, le respondí.

–También yo lo he olvidado –decía ella con aire triste–.

–¿Qué pecados son los que esa gente hace para ir al infierno?

–No sé. Tal vez el pecado de no ir Misa los Domingos, de robar, el decir palabras feas, maldecir, jurar.

–¿Y sólo así por una palabra van al infierno?

–¡Claro! Es pecado…

–¡Qué trabajo les costaría el estar callados e ir a Misa! ¡Qué lástima me dan los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!
Algunas veces, de una manera repentina, se agarraba a mí y me decía:

–Yo voy al Cielo; pero tú te quedas aquí; si Nuestra Señora te lo permitiera, di a todo el mundo cómo es el infierno, para que no cometan pecados y no vayan allá.
Otras veces, después de estar un poco de tiempo pensando decía:

–¡Tanta gente que va al infierno! ¡Tanta gente en el infierno!
Para tranquilizarla yo le decía:

–No tengas miedo. Tú irás al Cielo.

–Voy, voy –decía con paz–, pero yo quisiera que todas aquellas gentes fueran también allá. Cuando ella, por mortificarse, no quería comer, yo le decía:

–¡Jacinta!, anda, ahora come.

–No. Ofrezco este sacrificio por los pecadores que comen más de la cuenta. Cuando durante la enfermedad iba algún día a Misa, le decía:

–Jacinta, ¡no vengas! Tú no puedes. Hoy no es domingo.

–¡No importa! Voy por los pecadores que no van ni los domingos.
Si alguna vez oía algunas de esas palabras, que alguna gente hacía alarde de pronunciar, se cubría la cara con las manos y decía:

–¡Dios mío! ¿No saben estas gentes que por pronunciar estas cosas pueden ir al infierno?

Jesús mío, perdónales y conviértelas. Cierto es que no saben que con esto ofenden a Dios. ¡Qué lástima, Jesús mío! Yo rezo por ellos. Y ella repetía la oración enseñada por Nuestra Señora:
–¡Oh, Jesús mío, perdónanos!, etc.».

Hasta aquí la Hermana Lucía.

Conclusión:   sin infierno, la vida es un pic–nic

Probablemente recordarán muchos de ustedes el artículo que años atrás publiqué sobre el infierno, en la revista Diálogo, número 15. Se titula “Un infierno light”. Quiero que sepan que lo escribí para salir al paso de los daños que podría producir en nuestro Seminario la enseñanza de una alta autoridad eclesiástica, que andaba divulgando entre los jóvenes seminaristas, que el infierno existe pero actualmente está vacío. 

Al respecto escribí: «Nos podemos preguntar ¿qué es un infierno “light”? Es un infierno “carenciado”. Es un infierno “liviano”: sin pena de daño, sin pena de sentido, sin eternidad y/o sin habitantes. Sobre la base de estas cuatro carencias las variantes son muchas y hay para todos los gustos. Algunos son plenamente “light” y sostienen las cuatro negaciones, otros son más medidos y aceptan sólo algunas variantes “light” o les ponen atenuantes».

Lo que está vacío no es el infierno, sino aquellos Seminarios donde hay profesores que, o niegan la existencia del infierno, como si se tratara de una doctrina ya superada, o admiten su existencia, pero enseñan que está deshabitado, porque piensan que no hay condenados de hecho, siguiendo en esto, al parecer, el error de los no–infiernistas como Von Balthasar y otros.

¿Imaginan las consecuencias que esto trae para la pastoral? ¿Para qué confesar, asistir a los moribundos, dar una buena catequesis, administrar los sacramentos, si todos nos vamos al Cielo? Quien no está convencido de la seriedad de la eternidad, no convence a nadie, sus palabras son aire que se lleva el viento y sus obras pesan lo que una tela de araña. ¿A quién puede convencer la frivolidad del infierno gnóstico, producto de la cultura de la trivilización?

Por eso sabiamente afirma el P. Fabro: «sin la eternidad de las penas del infierno y sin infierno, la existencia se convierte en una gira campestre», en un pic–nic. Y citaba a Kierkegaard, que decía: «Una vez eliminado el horror a la eternidad (o eterna felicidad o eterna condenación), el querer imitar a Jesús se convierte en el fondo en una fantasía. Porque únicamente la seriedad de la eternidad puede obligar, pero también mover, a un hombre a cumplir y a justificar sus pasos».

Los progresistas han eliminado el horror a la eternidad y sus predicaciones, sus acciones pastorales, su evangelización… ¡son una fantasía! Sin eternidad el seguimiento de Cristo… ¡es una fantasía! No quieren la seriedad de la eternidad y por eso son incapaces de obligarse, moverse, cumplir y justificar sus acciones. Sin la posibilidad concreta de la eterna condenación, la eternidad del cielo es fútil, pueril, insignificante. La pérdida de la seriedad de la eternidad, y no la supuesta falta de vocación, está en la base de la claudicación de tantos sacerdotes y religiosas.

Quiero recordar aquí que los progresistas escamotean o niegan la realidad del infierno, se avergüenzan de predicarlo o lo ocultan con subterfugios, no sólo por pseudo razones misericordiosistas, sino, sobre todo, por estar inmersos en lo temporal y genuflexos frente a lo que opina el mundo. De este modo rebajan la dignidad de Cristo al quitarle valor a sus palabras, ya que fue Nuestro Señor quien enseñó la doctrina del infierno. En este sentido, la visión del infierno tenida por los pequeños pastorcitos, es una confirmación, venida del Cielo, de la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el infierno.

Si en Portugal siempre se conservará el dogma de la fe, según la promesa de la Virgen, se deduce lógicamente que en otras partes puede no conservarse. Pienso aquí en la apostasía de Europa, de la que hablaron con tanta claridad los Padres Sinodales en el último Sínodo para Europa. Pienso en todos los teólogos modernos que no han conservado la fe católica con respecto al infierno, y que en sus doctrinas han sido seguidos, desgraciadamente, por obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y laicos. Pienso en los sacerdotes que han abandonado su ministerio, siendo infieles a su vocación, tal vez porque hubo quien les convenció que el infierno no existe, o que está de paro, o que está cerrado por falta de quorum. 

A esos sacerdotes, a esos religiosos, que deberían poner toda su alma para trabajar por la salvación de las almas, los acusa el ejemplo de tres niños de 6, 9 y 10 años, a quienes «todas las mortificiaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores».

Sigue diciendo Lucía: «Ya dije en las anotaciones que envié sobre el libro “Jacinta”, que ella se impresionaba mucho con algunas cosas reveladas en el secreto. Por ejemplo, con la visión del infierno, con la desgracia de tantas almas que para allá iban; la guerra futura, cuyos horrores ella parecía tener presentes, le hacían estremecer de miedo. Cuando la veía muy pensativa, le preguntaba:

–Jacinta, ¿en qué piensas?

Y no pocas veces respondía:

–En esa guerra que ha de venir, en tanta gente que ha de morir e ir al infierno. ¡Qué pena! ¡Si dejasen de ofender a Dios no vendría la guerra, ni tampoco irían al infierno!».

«Tanto impresionó a Jacinta la meditación del infierno y de la eternidad, que, a veces, jugando preguntaba:

–Pero, oye, ¿después de muchos, muchos años, el infierno no se acaba?

Y, otras veces:

–¿Y los que allí están, en el infierno ardiendo, nunca se mueren? ¿Y no se convierten en cenizas? ¿Y si la gente reza mucho por los pecadores, el Señor los libra de ir allí? ¿Y con los sacrificios también? ¡Pobrecitos! Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos. Después añadía: –¡Qué buena es esa Señora! ¡Y nos prometió llévarnos al Cielo!»

Teniendo en cuenta todos estos testimonios, se comprende el valor de lo dicho por Juan Pablo II en la homilía de beatificación de los pastorcitos, recordando a la Virgen que dijo: «...muchas almas van al infierno...»

«Con su solicitud materna, la santísima Virgen vino aquí, a Fátima, a pedir a los hombres que “no ofendieran más a Dios, nuestro Señor, que ya ha sido muy ofendido”. Su dolor de madre la impulsa a hablar; está en juego el destino de sus hijos. Por eso pedía a los pastorcitos:

 “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas". La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores. 

Un día –cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en cama–la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: 

“Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí”. 

Y al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: 

“Da muchos saludos de mi parte a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores”. 

Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio –sigue diciendo el Papa–, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían poca cosa con tal de salvar a los pecadores».

Finalmente, se ve con cuanta razón el Papa Juan Pablo II dijo en la homilía de beatificación de Francisco y Jacinta:

«El mensaje de Fátima es un llamado a la conversión, alertando a la humanidad para que no siga el juego “del dragón”, que, con su “cola”, arrastró un tercio de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra (cf. Ap 12, 4). 

La meta última del hombre es el cielo, su verdadera casa, donde el Padre celestial, con su amor misericordioso, espera a todos. Dios quiere que nadie se pierda; por eso, hace dos mil años, envió a la tierra a su Hijo, a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10). 

Él nos ha salvado con su muerte en la cruz, ¡que nadie haga vana esa cruz!».

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