jueves, 21 de febrero de 2013

Entrevista a Mons.Nicola Bux: la renuncia del Papa



Don Bux: “La renuncia puede entenderse como un acto de gobierno que nos hace pensar en las divisiones internas ”




Presentamos nuestra traducción de la entrevista que Asca ha realizado a Don Nicola Bux sobre el pontificado de Benedicto XVI, su decisión de renunciar al ministerio petrino y la elección del próximo Pontífice.
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A pocos días de la renuncia del Papa Ratzinger, Asca ha pedido al sacerdote amigo de Benedicto XVI expresar su pensamiento personal. De la arquidiócesis de Bari, Nicola Bux ha estudiado y enseñado en Jerusalén y en Roma. Profesor de liturgia oriental y de teología de los sacramentos en la Facultad Teológica de Puglia, y consultor de la revista teológica internacional Communio, Benedicto XVI lo ha nombrado perito en el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía del 2005 y en el Sínodo sobre Medio Oriente cinco años después. Teólogo, de los más cercanos a Benedicto XVI sobre todo en materia litúrgica, Don Nicola Bux ha conocido a Joseph Ratzinger a mediados de los años ’80, cuando el actual Pontífice llegó a Roma desde Munich de Baviera para desarrollar el rol de Prefecto de Doctrina de la Fe. Cuenta Don Bux que “en aquel período he participado en los Ejercicios espirituales que Ratzinger predicaba a los sacerdotes de Comunión y Liberación”.
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¿Qué es lo que más le ha impresionado de él, cuáles son las afinidades intelectuales y teológicas entre vosotros?

Me han impresionado el espíritu de fe y el realismo; su “realismo” en mirar la realidad de la Iglesia y la del mundo. Me han impresionado estas cosas y también su modo de afrontar los problemas de manera razonable y no emotiva, con un sentir que está bien lejos tanto del “optimismo romántico” – como lo define el mismo Benedicto XVI – como del catastrofismo. Que es el modo en que un hombre de fe debe afrontar la vida.
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¿Cómo interpreta la decisión de la renuncia hecha por Benedicto XVI?

Sobre todo, para entender el gesto es necesario ponerse en una óptica de fe, no en una óptica mundana, que siempre tiende a contaminar también la Iglesia. Se han dado varias interpretaciones del gesto: desde la desacralización del papado hasta la revolución del poder eclesiástico, desde la democratización de la autoridad hasta la herida llevada al cuerpo eclesial, incluso intercambiando el pedido de perdón por sus defectos con la puesta en discusión de la infalibilidad pontificia… Pero las renuncias de Benedicto IX, Celestino V y Gregorio XII, ¿han producido todo esto? Ratzinger mismo ha profundizado en sus estudios que el primado petrino tiene una estructura martirológica: la responsabilidad del Obispo de Roma es absolutamente personal y no se puede diluir en la colegialidad episcopal, si bien interactúa siempre con ella. Es admirable la circunstancia del decreto de canonizaciones de los Mártires de Otranto.
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¿La responsabilidad de la que habla está vinculada con la “conciencia” a la que el Papa ha hecho siempre referencia, especialmente en sus batallas contra el relativismo contemporáneo?

Sí. Responsabilidad entendida en este sentido como la respuesta personal al Señor. Existe un límite insuperable de la conciencia, y existe no sólo para los creyentes sino para todos los hombres. ¿Recuerda al Grillo Parlante? Pinocho podía fingir que no estaba y finalmente arrojarle martillazos, pero continuaba hablando. Benedicto XVI ha profundizado este tema también refiriéndose al “Elogio de la conciencia” del Beato John Henry Newman, que en la carta al Duque de Norfolk propone un brindis por la conciencia y por el Papa. El ministerio petrino, a fin de cuentas, es la emergencia última del apelo a la conciencia de cada hombre.
En el discurso en latín pronunciado para anunciar al mundo su decisión, el Santo Padre dice claramente: “he examinado repetidamente mi conciencia ante Dios”. Respecto al relativismo contemporáneo que reduce la conciencia a hacer lo que se quiere, para nosotros está la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso. Es la voz de Dios. El único baluarte para preservar la dignidad del hombre en la relación con el mundo.
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El Papa se ha interrogado mucho y, por lo tanto, con gran sufrimiento espiritual. ¿Por eso usted habla de “estructura martirológica del primado petrino”?

Sí. El ministerio petrino tiene en sí una estructura martirológica que permite interrogarse continuamente, a conciencia, si aquello que se es y que se hace es adecuado a aquello que es inherente al ministerio de Romano Pontífice. Tal trabajo cotidiano puede convertirse en martirio. Éste es verdadero “martirio”. Seamos claros: la tarea de interrogarse es de todo ser humano. También el padre de familia debe preguntarse a sí mismo si se comporta adecuadamente por el bien de sus seres queridos. ¡Imagínese lo que quiere decir esto para un Sucesor de Pedro! Y luego hay algo de lo que es necesario darse cuenta…
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¿Qué?

Creo firmemente que aquello que cuenta en el realismo de este Papa es el no considerar como propiedad personal el ministerio, sino entenderlo como “servicio” al que ha sido llamado, para el cual se considera “siervo inútil” tal como ha dicho Jesús. Lo que importa es la sucesión apostólica siempre garantizada por el Espíritu Santo. El Papa, todo Papa, es un “anillo” en la “cadena” de la sucesión apostólica, desde Pedro hasta el final de los tiempos, cuando volverá el Señor. Teniendo presente esto, entonces se comprende muy bien que el Señor vela constantemente sobre la sucesión.
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El Papa es anciano, sus condiciones físicas están probadas. ¿Cuánto pueden haber incidido en la opción realizada?

Han incidido. Es cierto que el bienestar físico nunca ha sido un criterio de gobierno de la Iglesia. Nos lo ha mostrado Juan Pablo II. Pero con la pérdida de la salud disminuyen las capacidades de gobierno de la Iglesia que, aún siendo tarea del Papa, tendrían que ser ejercidas por otros cercanos a él. Si el Santo Padre hubiera razonado de este modo, habría disminuido aquel realismo del que siempre ha sido capaz.

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¿Usted quiere decir que el interrogar a la propia conciencia frente a Dios ha sido un modo de preguntarse si y cuánto fuese capaz de gobernar todavía la Iglesia de manera adecuada, sobre todo respecto al relativismo que Benedicto XVI ha combatido?

El relativismo ha generado una gran confusión, también en la Iglesia a nivel de doctrina y de pastoral. En mi opinión, la renuncia del Papa podría ser entendida como un acto de gobierno, una invitación a reflexionar sobre las divisiones, como mencionó en la homilía del Miércoles de Cenizas, y sobre la confusión provocada por ideas no católicas en la teología. Ha hecho, se diría, un paso atrás. Un paso atrás realizado para que la Iglesia pueda hacer dos pasos adelante.
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En pocas palabras, ha pensado en el bien de la Iglesia, como por otro lado ha dicho el lunes pasado, y no en sí mismo.

Permanecer escondido para el mundo, como el Señor después de la Ascensión, es el modo para estar todavía más presente en la Iglesia. Él es y seguirá siendo Benedicto XVI en la historia de la Iglesia, aun habiendo renunciado a ejercer el munus hasta la muerte.
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Muchos, comenzando por personas cercanas a Karol Wojtyla, han leído esta renuncia como un “bajarse de la Cruz”.

¿Usted ha visto la foto que ha dado vueltas por el mundo? ¿La de la cúpula de San Pedro con el rayo? Se ha dicho incluso que aquello era un signo de cólera divina por el acto del Santo Padre. ¿Y si se lo interpretase como un signo dirigido a todos nosotros? Así como el terremoto y la oscuridad sobre el Gólgota no estaban dirigidas al Hijo de Dios sino a los hombres que no lo habían reconocido como tal.
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¿Qué entiende por reforma de la Iglesia?

El concepto de reforma no debe ser entendido en la acepción protestante, o bien política, sino en la etimológica de “volver a dar forma”, volver a poner en forma. Hoy esto quiere decir corregir en la Iglesia las deformaciones de la liturgia que, como el Santo Padre ha observado varias veces, han llegado al límite de lo soportable; lo mismo a nivel moral… Y, en este sentido, el gesto del Papa es un acto de eficaz advertencia.
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¿Qué quiere decir gobernar hoy la Iglesia?

Quiere decir superar las divisiones internas provocadas sobre todo por los conflictos, incluso virulentos, sobre interpretaciones post-conciliares del Vaticano II. Benedicto XVI ha lanzado mensajes precisos en relación con la continuidad entre tradición e innovación, un mensaje que no puede ser desatendido de ninguna manera. El llamado a los católicos es a cerrar filas para superar unilateralidades y sectarismos.
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Benedicto XVI se ha esforzado mucho por la unidad de la Iglesia. Ha levantado la excomunión a la Fraternidad San Pío X, fundada por Monseñor Marcel Lefebvre, que sin embargo no ha sido readmitida plenamente en la Iglesia romana.

Es necesario continuar en este camino. También en esto el Santo Padre ha sido muy, muy paciente, en buscar la unidad: meta que se construye día a día. Ha sido y sigue siendo un ejemplo de caridad paciente hacia todos, como dice el Apóstol, y para el futuro Papa. Hasta que no se forme un solo rebaño bajo un solo pastor.
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¿Quién piensa que puede ser su sucesor? ¿Será un Papa italiano? ¿Un africano?

No quiero hacer previsiones. Lo que es cierto es que, como el mismo Ratzinger ha indicado, será una persona dotada de energía para llevar adelante la barca de Pedro. Una energía no sólo física y psicológica sino espiritual que viene de la Fe. Yo creo que es poco importante preguntarse quién vendrá después de él. En el Cónclave siempre hay algo que va más allá de las previsiones humanas. Si los cardenales se dejan guiar por la fe, el Espíritu Santo hará la opción más adecuada. El Papa no es el “dueño” de la Iglesia sino aquel que en primera persona debe rendir cuentas a Jesucristo del bien de toda la Iglesia.
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Está quien ha dicho que la renuncia del Pontífice ha sido un gesto de humildad.

Es necesario entender “humildad” en el sentido etimológico del término, que viene de humus, tierra. Humilde es aquel que está bien anclado en la tierra, en pocas palabras, un realista. Estamos todos llamados a ser humildes. En la fase final de muchos pontificados ha sido difundida la murmuración: el Papa ya no gobierna, lo hace su entorno… He aquí que cuando Benedicto XVI se ha dado cuenta de que ya no podía ejercer el ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia universal, ha renunciado en plena conciencia y libertad por el bien de la Iglesia católica.
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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

viernes, 15 de febrero de 2013

Namárië, meldo Benedicto!



Este post que expresa nuestro sentir ante la partida del Santo Padre Benedicto es un paréntesis en nuestra Buhardilla. Lo ponemos entre paréntesis porque queremos compartirlo especialmente con nuestros lectores tolkienianos. A quienes no lo son y deseen comprenderlo, les sugerimos que visiten a Tom Bombadil.

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Y sí, duele. Duele y mucho. Porque bajo la égida de su anillo, en nuestra Tierra Media hubo, durante un tiempo, un lugar donde respirar mejor. No un lugar perfecto, sí un lugar donde las cosas crecían más sanas.


Y se va porque tenía que ser así. Se va porque El Que Escribe La Historia determinó en Su Sabiduría y Amor que entrásemos en otra “edad del sol”. Se va con el anillo, como no podía ser de otra forma. Ese anillo no podía caer en la batalla. Y se va, como se van los elfos y como se van los hobbits, y como hemos de irnos todos.



Pero su partida no es sólo eso. Su partida es el acto más luminoso (tan luminoso que ciega) de su magisterio.



Su partida es luminosa porque es un acto de confianza. Aquel sobre el que pesaba la mayor responsabilidad de todas, se va aparentemente sin tomar recaudos. Como Bilbo Bolsón, se va cantando: “El camino sigue y sigue, desde la puerta. El camino ha ido muy lejos, y que otros lo sigan si pueden”. Y su canto nos desconcertaría, si no reconociéramos que cada uno de nosotros tiene también su parte en la historia. En contadas ocasiones, incluso ayudamos a que las profecías se cumplan. Pero como Gandalf le explica al mismo Bilbo al final de su parte en la historia, cada uno de nosotros es “en última instancia, sólo un simple individuo en un mundo enorme”.



Su partida es luminosa porque él es Benito, el “olivo” que al fin (y sólo al fin) del recorrido, comprende a Escolástica. La noche del 10 de febrero en el Vaticano fue como la noche en que Benito no pudo volver a ocuparse de su misión, porque Escolástica lloró anhelando a Dios y al Cielo. No hay regla (monástica o petrina) más grande que la de amar a Dios. Y entonces nuestro héroe se retira, antes de irse, para cumplirla. Y al hacerlo nos vuelve a señalar lo esencial.



¿Y qué nos toca a nosotros, que hemos disfrutado del poder de su anillo? ¿Y a mí?



En primer lugar: seguir el camino, con pie “entusiasta” o “cansado”, según donde me encuentre.



En segundo lugar: confiar más que antes, mucho más que antes. Porque la responsabilidad mayor no hizo olvidar al más responsable que no todo depende de él. Entonces, que mis responsabilidades en la historia (pequeñas, pero lo suficientemente grandes como para pesar) no me hagan olvidar que también yo no soy más que “un simple individuo en un mundo enorme”.



Por último, en tercer lugar, guardar en el corazón la noche del 10 de febrero, la lluvia de esa noche, la voz de Escolástica y sus lágrimas, la gloria del olivo, la ley del amor.



Gracias, Santo Padre. De parte de los que han pertenecido más íntimamente a su compañía y por eso pronto han de partir en las naves grises. Y de parte de los que creemos que aún nos queda seguir dando vueltas por la Tierra Media, luchando para que sigan creciendo cosas bellas, hasta que Eru vuelva a levantarse de Su Trono.


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La Buhardilla de Jerónimo
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domingo, 3 de febrero de 2013

«Habéis visto el infierno, donde van los pobres pecadores…»



(Palabras de la Virgen en Fatima)

P. Carlos Miguel Buela

Por supuesto que el infierno no es así... es peor
La tercera aparición de Nuestra Señora a los pastorcitos (en Fátima) es tal vez la más importante, en cuanto al mensaje recibido de la Virgen. En ella se les confió un «secreto» que, según dice la misma Hermana Lucía, «consta de tres partes distintas»: las dos primeras partes fueron publicadas a su debido tiempo, con «licencia del Cielo», es decir, cuando Lucía supo que ya podían ser reveladas. Por mi parte, tengo la impresión de que también ahora la tercera parte del secreto ha sido dada a conocer a su debido tiempo, y «con licencia del Cielo». De hecho, Lucía ha tenido revelaciones posteriores a las seis apariciones, y se dice que aún sigue teniendo manifestaciones de Nuestra Señora, lo cual no sería nada de extrañar.

El «primer secreto» era la visión del infierno. Líneas más adelante me detendré a considerar la influencia de esta visión en los pastorcitos, y las consecuencias que podemos sacar de la misma el «segundo secreto» profetizaba la segunda guerra mundial, la desaparición de varias naciones, las persecuciones en Rusia a la Iglesia; habla también del martirio de los buenos, de los sufrimientos del Santo Padre, y de la conservación del dogma de la fe en Portugal –lo que muchos interpretan como una alusión a la apostasía de la fe en Europa–. Las palabras «En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe.», preceden inmediatamente al texto del «tercer secreto».


    Tercera aparición de Nuestra Señora: viernes 13 de julio de 1917.

El relato de todos los mensajes de Nuestra Señora, con la descripción minuciosa de las apariciones, y también de las circunstancias que vivían los pastorcitos al momento de las mismas, ha sido escrito por la Hermana Lucía, en varias Memorias a las cuales aquí me remito.

En la Memoria tercera, Lucía narra la aparición del 13 de julio:

«Momentos después de haber llegado a Cova da Iria, junto a la encina, entre una numerosa multitud del pueblo (unas 4.000 personas), estando rezando el rosario, vimos el resplandor de la acostumbrada luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

–¿Qué es lo que quiere de mí? –pregunté–

–Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, y que continuéis rezando el rosario todos los días en honra a Nuestra Señora del Rosario, con el fin de obtener la paz en el mundo y el final de la guerra porque sólo Ella puede conseguirlo.

Dije entonces:

–Quisiera pedirle nos dijera quién es, y que haga un milagro, para que todos crean que usted se nos aparece.

–Continuad viniendo aquí todos los meses. En Octubre diré quien soy, y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver para creer.

Aquí hice algunos pedidos que no recuerdo bien cuales fueron. Lo que recuerdo es que Nuestra Señora dijo que era preciso rezar el rosario para alcanzar las gracias durante el año. Y continuó:

–Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces y, en especial, siempre que hagáis algún sacrificio: ¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!

Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos como en los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego, y sumergidos en ese fuego los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debía ser a la vista de eso que dije un “ay” que dicen haber oído). 

Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:

–Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieren lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz: la guerra terminará, pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando viereis una noche alumbrada por una luz desconocida sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre, de la persecución a la Iglesia y al Santo Padre.

Para impedir eso, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieren a mis pedidos, Rusia se convertirá y habrá paz: si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia, los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas: por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe, etc. (Aquí comienza la tercera parte del secreto, escrita por Lucía entre el 22 de diciembre de 1943 y el 9 de enero de 1944). 

Esto no lo digáis a nadie. A Francisco si podéis decírselo.

–Cuando recéis el rosario, decid después de cada misterio: Oh, Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, y socorre especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.

Siguió un instante de silencio y después pregunté:

–¿Usted no quiere de mí nada más?

–No, hoy no quiero nada más. Y como de costumbre comenzó a elevarse en dirección a Oriente hasta que desapareció en la inmensidad del firmamento».

2. Influencia de la visión del infierno en los pastorcitos

La influencia del mensaje de la Señora, incluido el llamado «secreto» entero, con sus tres partes, fue muy grande en los pastorcitos. Prefirieron la cárcel y aun la muerte, antes de revelarlo a las autoridades civiles que los forzaban a ello. De modo particular el «primer secreto» –es decir, de la visión del infierno–tuvo una mayor resonancia en la Beata Jacinta, la más pequeña de los tres videntes. Apenas tenía seis años cuando la Virgen le mostró el infierno. 

La misma Lucía destaca esto, haciendo una crítica muy interesante a aquellas personas, incluso gente piadosa, que no quiere que se hable del infierno a los niños. Basta prestar atención a lo que Lucía relata en sus Memorias para suponer la crítica que ella haría a todo lo que implica la «pastoral progresista» de nuestros días, que ni siquiera deja que se mencione el infierno a gente adulta. Por eso Lucía no tiene el menor reparo en contar lo siguiente, en las Memorias que escribe a pedido del obispo de Fátima:

«Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo: dije ya a V. Excelencia Reverendísima, en las anotaciones que le envié, una vez leído el libro “Jacinta”, que ella se impresionaba muchísimo con algunas de las cosas reveladas en el secreto. Ciertamente era así. Al tener la visión del infierno, se horrorizó de tal manera, que todas las penitencias y mortificaciones le parecían nada para salvar de allí a algunas almas. Bien; ahora respondo yo al segundo punto de su interrogación que, de muchos sitios, hasta aquí me han llegado.

¿Cómo es que Jacinta, siendo tan pequeñita, se dejó poseer y llegó a comprender tan gran espíritu de mortificación y penitencia?

Me parece a mí que fue debido: primero, a una gracia especialísima de la Madre que Dios, por medio del Inmaculado Corazón de María, le concedió; segundo, viendo el infierno y las desgracias de las almas que allí padecen. Algunas personas, incluso piadosas, no quieren hablar a los niños pequeños sobre el infierno, para no asustarlos; sin embargo Dios no dudó de mostrarlo a tres y una de ellas contando apenas seis años; y Él sabía que había de horrorizarse hasta el punto de, casi me atrevería a decirlo, morirse de susto. Con frecuencia se sentaba en el suelo o en alguna piedra y, pensativa, comenzaba a decir:

–¡El infierno! ¡El infierno! ¡Qué pena tengo de las almas que van al infierno! ¡Y las personas que, estando allí vivas, arden como leña en el fuego! Y, asustada, se ponía de rodillas, y con las manos juntas, rezaba las oraciones que Nuestra Señora le había enseñado:

–¡Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a aquellas que más lo necesitan!

Ahora, Exmo. y Rvmo. Señor Obispo, ya V. Excia. Rvma. comprenderá por qué a mí me daba la impresión de que las últimas palabras de esta oración, se referían a las almas que se encuentran en mayor peligro, o más inminente, de condenación. Y permanecía así, durante largo tiempo, de rodillas, repitiendo la misma oración. De vez en cuando me llamaba a mí o a su hermano (como si despertara de un sueño):

–Francisco, Francisco, ¿vosotros rezáis conmigo? Es preciso rezar mucho, para librar a las almas del infierno. ¡Van para allá tantas!, ¡tantas!

Otras veces preguntaba:

–¿Por qué Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? ¡Si ellos lo vieran, no pecarían para no ir allá! Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente (referíase a los que se encontraban en Cova da Iria en el momento de la aparición). Verás cómo se convierten.

Después, medio descontenta, me preguntaba:

–¿Por qué no dijiste a Nuestra Señora que mostrase el infierno a aquella gente?

–Lo olvidé, le respondí.

–También yo lo he olvidado –decía ella con aire triste–.

–¿Qué pecados son los que esa gente hace para ir al infierno?

–No sé. Tal vez el pecado de no ir Misa los Domingos, de robar, el decir palabras feas, maldecir, jurar.

–¿Y sólo así por una palabra van al infierno?

–¡Claro! Es pecado…

–¡Qué trabajo les costaría el estar callados e ir a Misa! ¡Qué lástima me dan los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!
Algunas veces, de una manera repentina, se agarraba a mí y me decía:

–Yo voy al Cielo; pero tú te quedas aquí; si Nuestra Señora te lo permitiera, di a todo el mundo cómo es el infierno, para que no cometan pecados y no vayan allá.
Otras veces, después de estar un poco de tiempo pensando decía:

–¡Tanta gente que va al infierno! ¡Tanta gente en el infierno!
Para tranquilizarla yo le decía:

–No tengas miedo. Tú irás al Cielo.

–Voy, voy –decía con paz–, pero yo quisiera que todas aquellas gentes fueran también allá. Cuando ella, por mortificarse, no quería comer, yo le decía:

–¡Jacinta!, anda, ahora come.

–No. Ofrezco este sacrificio por los pecadores que comen más de la cuenta. Cuando durante la enfermedad iba algún día a Misa, le decía:

–Jacinta, ¡no vengas! Tú no puedes. Hoy no es domingo.

–¡No importa! Voy por los pecadores que no van ni los domingos.
Si alguna vez oía algunas de esas palabras, que alguna gente hacía alarde de pronunciar, se cubría la cara con las manos y decía:

–¡Dios mío! ¿No saben estas gentes que por pronunciar estas cosas pueden ir al infierno?

Jesús mío, perdónales y conviértelas. Cierto es que no saben que con esto ofenden a Dios. ¡Qué lástima, Jesús mío! Yo rezo por ellos. Y ella repetía la oración enseñada por Nuestra Señora:
–¡Oh, Jesús mío, perdónanos!, etc.».

Hasta aquí la Hermana Lucía.

Conclusión:   sin infierno, la vida es un pic–nic

Probablemente recordarán muchos de ustedes el artículo que años atrás publiqué sobre el infierno, en la revista Diálogo, número 15. Se titula “Un infierno light”. Quiero que sepan que lo escribí para salir al paso de los daños que podría producir en nuestro Seminario la enseñanza de una alta autoridad eclesiástica, que andaba divulgando entre los jóvenes seminaristas, que el infierno existe pero actualmente está vacío. 

Al respecto escribí: «Nos podemos preguntar ¿qué es un infierno “light”? Es un infierno “carenciado”. Es un infierno “liviano”: sin pena de daño, sin pena de sentido, sin eternidad y/o sin habitantes. Sobre la base de estas cuatro carencias las variantes son muchas y hay para todos los gustos. Algunos son plenamente “light” y sostienen las cuatro negaciones, otros son más medidos y aceptan sólo algunas variantes “light” o les ponen atenuantes».

Lo que está vacío no es el infierno, sino aquellos Seminarios donde hay profesores que, o niegan la existencia del infierno, como si se tratara de una doctrina ya superada, o admiten su existencia, pero enseñan que está deshabitado, porque piensan que no hay condenados de hecho, siguiendo en esto, al parecer, el error de los no–infiernistas como Von Balthasar y otros.

¿Imaginan las consecuencias que esto trae para la pastoral? ¿Para qué confesar, asistir a los moribundos, dar una buena catequesis, administrar los sacramentos, si todos nos vamos al Cielo? Quien no está convencido de la seriedad de la eternidad, no convence a nadie, sus palabras son aire que se lleva el viento y sus obras pesan lo que una tela de araña. ¿A quién puede convencer la frivolidad del infierno gnóstico, producto de la cultura de la trivilización?

Por eso sabiamente afirma el P. Fabro: «sin la eternidad de las penas del infierno y sin infierno, la existencia se convierte en una gira campestre», en un pic–nic. Y citaba a Kierkegaard, que decía: «Una vez eliminado el horror a la eternidad (o eterna felicidad o eterna condenación), el querer imitar a Jesús se convierte en el fondo en una fantasía. Porque únicamente la seriedad de la eternidad puede obligar, pero también mover, a un hombre a cumplir y a justificar sus pasos».

Los progresistas han eliminado el horror a la eternidad y sus predicaciones, sus acciones pastorales, su evangelización… ¡son una fantasía! Sin eternidad el seguimiento de Cristo… ¡es una fantasía! No quieren la seriedad de la eternidad y por eso son incapaces de obligarse, moverse, cumplir y justificar sus acciones. Sin la posibilidad concreta de la eterna condenación, la eternidad del cielo es fútil, pueril, insignificante. La pérdida de la seriedad de la eternidad, y no la supuesta falta de vocación, está en la base de la claudicación de tantos sacerdotes y religiosas.

Quiero recordar aquí que los progresistas escamotean o niegan la realidad del infierno, se avergüenzan de predicarlo o lo ocultan con subterfugios, no sólo por pseudo razones misericordiosistas, sino, sobre todo, por estar inmersos en lo temporal y genuflexos frente a lo que opina el mundo. De este modo rebajan la dignidad de Cristo al quitarle valor a sus palabras, ya que fue Nuestro Señor quien enseñó la doctrina del infierno. En este sentido, la visión del infierno tenida por los pequeños pastorcitos, es una confirmación, venida del Cielo, de la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el infierno.

Si en Portugal siempre se conservará el dogma de la fe, según la promesa de la Virgen, se deduce lógicamente que en otras partes puede no conservarse. Pienso aquí en la apostasía de Europa, de la que hablaron con tanta claridad los Padres Sinodales en el último Sínodo para Europa. Pienso en todos los teólogos modernos que no han conservado la fe católica con respecto al infierno, y que en sus doctrinas han sido seguidos, desgraciadamente, por obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y laicos. Pienso en los sacerdotes que han abandonado su ministerio, siendo infieles a su vocación, tal vez porque hubo quien les convenció que el infierno no existe, o que está de paro, o que está cerrado por falta de quorum. 

A esos sacerdotes, a esos religiosos, que deberían poner toda su alma para trabajar por la salvación de las almas, los acusa el ejemplo de tres niños de 6, 9 y 10 años, a quienes «todas las mortificiaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores».

Sigue diciendo Lucía: «Ya dije en las anotaciones que envié sobre el libro “Jacinta”, que ella se impresionaba mucho con algunas cosas reveladas en el secreto. Por ejemplo, con la visión del infierno, con la desgracia de tantas almas que para allá iban; la guerra futura, cuyos horrores ella parecía tener presentes, le hacían estremecer de miedo. Cuando la veía muy pensativa, le preguntaba:

–Jacinta, ¿en qué piensas?

Y no pocas veces respondía:

–En esa guerra que ha de venir, en tanta gente que ha de morir e ir al infierno. ¡Qué pena! ¡Si dejasen de ofender a Dios no vendría la guerra, ni tampoco irían al infierno!».

«Tanto impresionó a Jacinta la meditación del infierno y de la eternidad, que, a veces, jugando preguntaba:

–Pero, oye, ¿después de muchos, muchos años, el infierno no se acaba?

Y, otras veces:

–¿Y los que allí están, en el infierno ardiendo, nunca se mueren? ¿Y no se convierten en cenizas? ¿Y si la gente reza mucho por los pecadores, el Señor los libra de ir allí? ¿Y con los sacrificios también? ¡Pobrecitos! Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos. Después añadía: –¡Qué buena es esa Señora! ¡Y nos prometió llévarnos al Cielo!»

Teniendo en cuenta todos estos testimonios, se comprende el valor de lo dicho por Juan Pablo II en la homilía de beatificación de los pastorcitos, recordando a la Virgen que dijo: «...muchas almas van al infierno...»

«Con su solicitud materna, la santísima Virgen vino aquí, a Fátima, a pedir a los hombres que “no ofendieran más a Dios, nuestro Señor, que ya ha sido muy ofendido”. Su dolor de madre la impulsa a hablar; está en juego el destino de sus hijos. Por eso pedía a los pastorcitos:

 “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas". La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores. 

Un día –cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en cama–la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: 

“Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí”. 

Y al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: 

“Da muchos saludos de mi parte a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores”. 

Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio –sigue diciendo el Papa–, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían poca cosa con tal de salvar a los pecadores».

Finalmente, se ve con cuanta razón el Papa Juan Pablo II dijo en la homilía de beatificación de Francisco y Jacinta:

«El mensaje de Fátima es un llamado a la conversión, alertando a la humanidad para que no siga el juego “del dragón”, que, con su “cola”, arrastró un tercio de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra (cf. Ap 12, 4). 

La meta última del hombre es el cielo, su verdadera casa, donde el Padre celestial, con su amor misericordioso, espera a todos. Dios quiere que nadie se pierda; por eso, hace dos mil años, envió a la tierra a su Hijo, a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10). 

Él nos ha salvado con su muerte en la cruz, ¡que nadie haga vana esa cruz!».

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